Por Antonio Medina Trejo *
Javier Albarrán Iruela, militante y coordinador del PAN en Metepec, Estado de México, encendió una polémica que rebasó las redes sociales y llegó hasta el Palacio Nacional. En un video difundido en Instagram, el joven panista propuso sustituir el voto individual por un “voto por familia”: un solo sufragio emitido por hogar, a cargo de una persona que, según sus propias palabras, “decidiría pensando en el bienestar de su esposa, sus hijos y el futuro económico del núcleo doméstico”.
La idea recupera el modelo conocido en Estados Unidos como household voting (voto familiar), impulsado por sectores de la derecha conservadora vinculados a Turning Point USA (Punto de inflexión de EU) y a Erika Kirk, y llega en medio del auge del movimiento “tradwife” (abreviatura de “esposa tradicional”) y de otra propuesta que planteaba condicionar el voto a un examen educativo.
Aunque Albarrán insistió en que el representante del hogar “podría ser la madre, el padre o algún hijo”, su publicación original, centrada en un responsable que piensa en su esposa y en llevar “el pan a la casa”, dejó ver con claridad en quién estaba pensado como cabeza de familia.
La propuesta no tardó en fracturar al propio PAN. Margarita “Magui” Martínez Fisher, secretaria Nacional de Formación y Capacitación del blanquiazul, salió a marcar distancia y afirmó en sus redes sociales que “el derecho al voto es universal”, recordando que fue precisamente ese instituto político el que impulsó el sufragio femenino a nivel federal.
En el mismo sentido se pronunció el ex diputado panista Jorge Triana, quien advirtió que la propuesta implicaría “convertir a uno de los integrantes en representante forzoso de los demás” y negarle al resto de los adultos del hogar el derecho a decidir por sí mismos.
Hasta el cierre de la edición de este texto, la dirigencia nacional del PAN no ha fijado una postura institucional sobre las declaraciones de Albarrán, que se mantienen como una opinión personal y no como una iniciativa legislativa formal.
La reacción más contundente vino de la propia presidenta Claudia Sheinbaum que durante su conferencia matutina del 20 de julio, recurrió a fortalecer su narrativa de descalificación de la oposición por su conservadurismo al calificar la propuesta del panista como “absurda, antidemocrática, regresiva, porfirista” y “fuera de la realidad”.
Recordó que las mujeres mexicanas obtuvieron el derecho al voto federal hasta 1953 y sufragaron por primera vez en 1955, tras décadas de movilización. Esta idea del ahora militante incómodo del PAN le dio pie a la mandataria para cuestionar públicamente “qué hay detrás de una persona que considera que las mujeres no deberían votar por sí mismas”.
Aprovechó la oleada de críticas, aun de la oposición, para reforzar la narrativa oficialista contra el conservadurismo de los opositores, “que buscan que gobierne una élite y que reproduce un profundo desprecio hacia el pueblo mexicano”.
En el terreno de la sociedad civil, activistas y colectivos feministas señalaron que la propuesta reabre una discusión que parecía saldada hace más de siete décadas, es decir, la del sufragio como derecho individual, universal, libre, secreto y directo.
En tanto, la abogada y activista Andrea Legarci cuestionó públicamente al PAN sobre el tipo de perfiles que integra en sus filas y exigió claridad sobre si la postura de Albarrán cuenta con respaldo interno del partido.
Otras voces en redes sociales recordaron que México atraviesa todavía altos niveles de violencia familiar y desigualdad de género, lo que, advirtieron, convertiría el “consenso familiar” invocado por Albarrán en una ficción que, en la práctica, dejaría la decisión electoral en manos de quien ya concentra el poder dentro del hogar.
El machismo que se disfraza de unidad familiar
Detrás del lenguaje aparentemente neutro del “voto por familia” (ese “alguien que no piense solo en él, sino en todos”) se esconde una operación discursiva típica del pensamiento conservador contemporáneo, que presenta como un “acto de amor” y responsabilidad lo que en realidad es un mecanismo de despojo de autonomía.
Que Albarrán insista en que el representante del hogar “podría ser” una mujer no corrige el fondo del planteamiento; lo confirma. Basta con mirar el ejemplo que él mismo eligió para describir su propuesta “un responsable que piensa en su esposa, en la educación de sus hijos y en llevar el sustento a casa” para reconocer, sin necesidad de recurrir a la sociología más avanzada, la figura del pater familias: el hombre que decide por y para los demás, mientras el resto del hogar es reducido a la categoría de beneficiario pasivo de sus decisiones.
La teórica feminista Judith Butler ha explicado desde la década de los 90 cómo “el género no es un hecho natural sino una construcción performativa, sostenida y repetida a través de normas sociales que asignan a lo masculino el lugar de la razón pública y a lo femenino el de la esfera doméstica y subordinada”. En este sentido, el “voto por familia” encaja con precisión en ese esquema, ya que naturaliza la idea de que existe una “cabeza” racional del hogar capaz de sintetizar los intereses de todos sus integrantes, y relega a mujeres, jóvenes y personas mayores al lugar de sujetos incompletos, cuya voluntad política solo puede expresarse a través de un intermediario.
En México, la antropóloga feminista Marta Lamas ha insistido en que “el patriarcado no funciona únicamente a través de leyes explícitas, sino mediante sentidos comunes que hacen parecer natural, razonable e incluso deseable la subordinación femenina”; la propuesta de Albarrán es exactamente ese tipo de “sentido común” disfrazado de argumento técnico.
Esa jerarquía no nace de la nada. Buena parte del imaginario que coloca al varón como cabeza de familia y administrador de las decisiones del hogar proviene de una tradición judeocristiana que durante siglos organizó a la familia como una institución patriarcal, en donde el padre, como representante de Dios en la tierra, doméstica, mientras la esposa y los hijos son sometidos a su autoridad y están irremediablemente bajo su tutela.
El “voto por hogar” no inventa nada; recicla esa arquitectura simbólica y la presenta como innovación política, apelando a la nostalgia por una supuesta armonía familiar que, en los hechos, ha significado silenciamiento, dependencia económica y violencia para millones de mujeres, hijos o hijas LGBT y subyugación de familiares de la tercera edad.
El retroceso que implica esta propuesta no es solo político, sino profundamente cultural. Políticamente, vulnera el principio de sufragio universal, libre, secreto, directo e individual que costó décadas de lucha conquistar, y abre la puerta a que la disidencia dentro del hogar (la esposa que piensa distinto, el hijo o hija que milita en otro partido, la persona LGBT+ cuya familia no reconoce su identidad) quede simplemente sin representación.
Socialmente, refuerza estructuras de control ya existentes en un país donde la violencia familiar y feminicida sigue cobrando vidas todos los días. En ese sentido, convertir el hogar en la unidad de decisión electoral significa entregar más poder a quien ya lo ejerce de manera desigual puertas adentro.
Y culturalmente, reactiva un modelo de familia único, heteronormado y jerárquico, que excluye por definición a las familias diversas, monoparentales o encabezadas por mujeres, y que reduce la ciudadanía de millones de personas a la “buena voluntad” de un “representante” hombre, heterosexual, proveedor y “protector” de “su” familia.
Que la propuesta haya provocado fracturas incluso dentro del PAN, el mismo partido que históricamente reivindica haber impulsado el voto femenino, confirma que no se trata de un exabrupto aislado, sino de la reaparición pública de un machismo que muchos daban por superado y que hoy encuentra en las redes sociales, el discurso “tradwife” y la nostalgia conservadora transnacional un terreno fértil para reorganizarse.
Frente a esas ideas, la respuesta no puede ser solo la indignación momentánea, sino que exige nombrar con claridad el patriarcado cuando aparece disfrazado de “unidad familiar”, y recordar que cada voto individual (el de la mujer, el o la joven, la persona mayor, la disidencia sexual) es, en sí mismo, un acto de resistencia frente a quienes prefieren que decida el pater familia** por todos.
* Director de la Asociación Mexicana de Comunicación para la Igualdad. @antoniomedina41
** Ciudadano romano libre y sui iuris (independiente legalmente) que ejercía la máxima autoridad dentro de la familia. Tenía el poder absoluto sobre su esposa, hijos, esclavos y bienes, actuando como juez, legislador y sumo sacerdote del hogar.

