Por Dr. Jorge Guevara, Vicepresidente de Comunicación para América Latina de American Express.
Orgullo es una palabra difícil de defender, especialmente en culturas en las que la construcción social alrededor de ésta se relaciona, equivocadamente, con actitudes de soberbia, vanidad extrema o superioridad, como pudiera ser la nuestra. Pero ¿qué pasa cuando el origen del orgullo es exponer una causa por la que antes se te pedía avergonzarte, esconderte, y acomodarte a una vida que no era la tuya? De ahí parte el orgullo gay que celebramos cada mes de junio.
Hace unos días se estrenó la nueva serie de Ryan Murphy, “Hollywood”, la cual no sólo describe una historia alternativa a la del cine, sino que también invita a la reflexión acerca de cómo se habría transformado la sociedad desde mediados del siglo pasado, y de cuánto dolor se habría evitado, si desde entonces se hubiese reconfigurado el papel de las mujeres y la inclusión de la diversidad sexual en la cotidianeidad. Tal vez el tema de la equidad de género sería hoy una lejana anécdota, y probablemente el mundo hubiera respondido muy distinto a la aparición del SIDA en los años ochenta, acelerándose la respuesta y evitando la pérdida de una generación completa. Pero Hollywood, en la serie y en la vida real, es una fábrica de sueños, y habrían de pasar décadas enteras antes de transformar al mundo.
En más de una ocasión he sido consultado acerca de temas de inclusión y diversidad en las empresas. Lo primero que me gusta aclarar es que contrario a lo que algunas personas creen, estas palabras no significan lo mismo. De hecho, ni siquiera me parecen conceptos hermanos. Cuando colegas de otras empresas me comentan que están buscando implementar estrategias de diversidad suelo felicitarlos porque en realidad no tienen mucho por hacer, ya la naturaleza se les adelantó y se encargó, sin pedirles permiso, de hacer ese trabajo. Y es que todos los seres humanos somos diversos por definición. Tenemos diferentes formas de pensar, de solucionar problemas y de aprender; nuestras personalidades son distintas, así como las actitudes, los antecedentes culturales y educativos, las experiencias de vida, y las competencias y habilidades. También, demográficamente, nuestras compañías están integradas por una fuerza de trabajo naturalmente diversa, en edades, creencias, estados civiles, habilidades físicas, etnias, géneros y por supuesto, orientación sexual.
Entonces, atreverse a reconocer abiertamente que nuestra base de empleados es diversa es en realidad el inicio y lo que abre el camino a la inclusión, que es algo distinto y que sí requiere planeación porque implica garantizar que todas las personas en la organización tendrán exactamente las mismas oportunidades de carrera, desde la etapa de reclutamiento y selección, hasta la capacitación, evaluaciones de desempeño, promociones y terminaciones de contrato, ya sean voluntarias e involuntarias, entre muchas otras cosas. Ese es el verdadero trabajo. Ese es el reto.

