“Perdóname, Paul”. – El día que rechacé a un chico que vive con VIH

Por Pavel Martínez Gaona

Todo ocurrió durante una de las primeras marchas LGBT a las que asistí. Iba acompañado por varias de mis compañeras de la universidad. El ambiente era festivo: miles de personas festejando en libertad que, al menos una vez al año, podían ser libres y ellas mismas. Y en ese contexto lo conocí.

Paul tenía un cuerpo tan largo como las pestañas que coronaban sus ojos. Era delgado y tenía un cabello ensortijado, enredado como los caminos de la vida. De esos chicos que algo tienen de angelicales y que nunca crees que se vayan a fijar en ti. Contra toda probabilidad, él fue quien me abordó durante esa marcha. 

“¡Vas, vas!”, dijeron mis amigas, mientras me empujaban. Yo no lo podía creer: ¿de verdad ese chico me estaba ligando a mí? ¿A mí, el feo y acomplejado que nada tenía de atractivo visual? Pero así fue. Platicamos largo rato, hasta que mis amigas se cansaron de esperar y se fueron. El día se convirtió en tarde y la tarde se convirtió en noche.

Quedamos de vernos al día siguiente. Nos vimos en el Hemiciclo a Juárez, ese monumento blanco de la Ciudad de México que vio tantas bodas simbólicas entre personas del mismo sexo que pícaramente llegó a ser nombrado “El Homo-ciclo”. El lugar no podía ser más perfecto para seguir platicando. En algún momento de la plática nos empezamos a contar nuestros secretos, esas cosas que solo compartimos cuando la persona frente a nosotros nos parece merecedora de nuestra confianza.

Yo le conté de mis complejos, de mis miedos, de los pesares que venía arrastrando desde niño. Ahora era su turno. “Tengo que decirte algo. Es importante para mí, así que por favor no vayas a tomarlo mal”. “Nada de lo que me digas puede ser tan malo”, le dije para reconfortarlo. Después de unos momentos de tenso silencio, retomó la palabra y dijo:“tengo VIH”.

Ante su confesión sentí una especie de agujero negro en el estómago. No supe qué contestar. “No tienes que decir nada, está bien”, me dijo él, adivinando lo que estaba pasando dentro mí. De ahí en adelante la situación se puso incómoda. Quedamos de vernos otro día, pero ese día nunca llegó. No asistí a la próxima cita que pactamos.

No tengo excusa, fui un patán. Dejé que el miedo me paralizara y rechacé a alguien que había sido en extremo amable y dulce conmigo. Años después seguí pensando en él, en que había sido bastante estúpido al cerrarme a conocer a un gran ser humano, quien además me había compartido algo tan íntimo. Si acaso puedo tener algo parecido a una justificación, es que esta historia ocurrió cuando yo tenía 21, hace 16 años. 

En ese entonces no solo no tenía información suficienteacerca del VIH o SIDA, sino que actuaba por impulso. Y el impulso en ese momento fue correr, alejarme de algo que me pareció un peligro o que no entendía. Insisto, no creo que haya justificación que alcance, solo explico mis motivos. Años pasaron, varias parejas pasaron por mi vida, pero recurrentemente me descubría pensando en Paul, en qué habría pasado si no hubiese huido y nos hubiésemos dado una oportunidad.

En un golpe de ironía, un día recibí mi propio diagnóstico. Vivo con VIH desde hace 6 años. “Karma”, dirán algunos. Sinceramente no lo creo. Karma hubiese sido que alguien me rechazara a mí por vivir con VIH. A la fecha nadie lo ha hecho. Ninguno de mis ex novios le tuvieron miedo. Tuvieron la integridad, la entereza —y tal vez los conocimientos— que yo no tuve cuando conocí a Paul. Si se tratara de karma, hoy no viviría con un esposo maravilloso que aunque no vive con VIH, no tiene problema alguno con que yo viva con el virus y a quien amo profundamente.

Varias veces busqué a Paul en redes sociales, pero jamás lo encontré. De su apellido no me acuerdo. Solo recuerdo su nombre y la terrible actitud que asumí cuando él me abrió su corazón. Es por eso que escribo este texto. Porque quiero ofrecerle disculpas. Decirle que él no hizo nada malo, que no hay nada malo en él. Que fueron mis miedos y mi ignorancia los que hablaron por mí.

Ojalá Paul un día lea esto. Ojalá sea feliz con alguien que lo haya aceptado con todo lo que es, como me ha ocurrido. Ojalá no recuerde que un día un chico bobo lo rechazó por algo que no estaba en su poder controlar. Ojalá que eso no le haya hecho un daño irremediable. 

Y ojalá si algún día, querido lector, llega un Paul a tu vida, no lo rechaces. No dejes que el miedo te controle. Abrázalo. Tranquilízalo. Acéptalo y ámalo. Yo no sé si Paul haya sido la persona para mí, creo que al final terminamos con quien debemos estar y actualmente estoy con el amor de mi vida.  Pero tal vez con el tiempo después de salir y ser novios habríamos terminado siendo grandes amigos. Y hoy podríamos seguir mandándonos mensajes bobos y estar contándonos mutuamente cómo es vivir con el virus.

Y si ya llegó un Paul a tu vida, suerte la tuya. No lo dejes ir y mantenlo a tu lado. Por todos los Paul del mundo, por todos los que abren su corazón y como respuesta reciben un rechazo, hoy lo digo con todas sus letras: perdón. De verdad perdón. Ojalá nadie vuelva a ser un imbécil como un día de junio yo lo fui con él. Ojalá todos los Paul del mundo sean inmensamente felices, porque lo merecen. Porque todos lo merecemos.

Post Author: anodis