La Reina del Orgullo que Nunca Fue

Por Fabiola Díaz de León

La Diversidad en México, y la cultura, tiene una gran deuda con Antonieta Rivas Mercado. Escritora, promotora, traductora, defensora de los derechos de la mujer, activista política, dramaturga y probablemente productora, filántropa y gran mecenas a la que le debemos los orígenes del teatro contemporáneo en nuestro país y el surgimiento del patronato que hasta la fecha sostiene la Orquesta Sinfónica Nacional auspiciando a Carlos Chávez. 

Antonieta fue quien pudo, en su momento, lanzar figuras mexicanas a la arena pública fundando el Teatro Ulises, compañía que puso a los contemporáneos a la vanguardia de la cultura en su momento. 

El gran amor que profesaba por Manuel Rodríguez Lozano y que jamás le fue correspondido, ni negado del todo, la llevó a involucrarse en una y mil aventuras con sus allegados. Sobresalen Novo y Villaurrutia, entre muchos otros. Contaba con 50 butacas en la calle de Mesones 42, en el centro de la ciudad y estuvo abierto en los 20s.

Fue ahí donde los poetas comenzaron a encontrar su voz dramática. Donde Cocteau y Ionesco encontraron cabida. Donde se elimina la concha del apuntador y se comienzan a memorizar los textos. Donde Antonieta pudo actuar, donde Rodríguez Lozano pudo resolver escenografías. Donde Gorostiza también encontró un eco. 

Pero donde todo era cultura, talento y expresión también había un trasfondo que lo nutría y que era toda la energía y tensión erótica de esos mismos personajes. Desde la desdichada Antonieta, separada de su marido en una época donde eso era impensable, enamorada de un pintor que le juraba corresponder a sus sentimientos pero que estaba incapacitado para sacarlos del mundo del espíritu a la materia mientras se dedicaba a sostener todo tipo de aventuras sexuales con jovencitos y aprendices. Poco antes se había dado el connotado suicidio de Abraham Ángel, joven pintor amante de Rodríguez Lozano y que al verse relegado por el recién llegado Julio Castellanos murió de una sobredosis en una de las muchas fiestas dionisiacas a las que los contemporáneos y amigos se entregaban un día sí y otro también. 

La que con lobas anda a aullar se enseña y no necesitaba Antonieta ser diversa para permitir que toda la propagación del pecado nefando, profundamente antipatriótico, innombrable, invisibilizado en todas sus manifestaciones, sumergido en lo clandestino de las vecindades y perdido entre las callejas de la merced y los traspatios de cargadores y soldados, los lagartijos, afeminados o no, pero que se identificaban con la mirada para meterse a los más recónditos escondrijos se entregaran al amor que no se atreve a decir su nombre. 

Ya la Reina Victoria había salvado a las lesbianas de a persecución de la moral de su reinado al haber tocado el tema y dicho “There´s no such thing in England” (No existe tal cosa en Inglaterra) su propia incredulidad dio luz verde a las relaciones erótico afectivas entre mujeres. México era otra cosa. La revolución había hecho patente tanto el machismo como la sexualidad. Hijos sin padre y madres solteras andaban por igual entre la bola. Posteriormente en los gobiernos post revolucionarios paralelos a la época del Teatro Ulises no sólo los intelectuales y artistas eran sexo divergentes, Luis Montes de Oca, el secretario de hacienda, era el desgraciado “maricón” que no quería firmar los presupuestos. 

En un hombre lo femenino, lo feminoide, lo afeminado, el travestismo, el hablar en femenino usando apodos como Toña la Mamonera, o la Nalgas que aprietan, era de uso común entre los entendidos, los de ambiente. Comenzaba a nacer, y por mucho gracias al mecenazgo e impulso de Antonieta Rivas Mercado una utopía de libertad sexual que unificaba a las clases sociales “de manera horizontal” como decía mi madre José Antonio Alcaraz, en la horizontalidad de la cama. 

Sin dinero no baila el perro y una buena parte de la fortuna de Antonieta fue la que nutrió todo este juego y encuentro entre sexos iguales que se dio de los 20 a los 30 del siglo XX. Por eso digo que es la reina del orgullo que nunca fue pero que bien puede serlo si en un rezago de reconocimiento nos apuramos un poquito los diversos a tenerla en efigie o en una tumba simbólica en la rotonda arcoíris de las diversas ilustres (si tal cosa existiera) pues sin duda fue su tesoro el que encontraron al final del arcoíris de su época lo que propulsó libertades, utopías, cultura y arte. Política y su irremediable quiebra tanto económica como emocional que la llevó a la fosa común donde se encuentren sus restos. 

Le debemos una tumba a Antonieta.

Post Author: anodis