Muere la Marcha Gay

por Ricardo Salazar

Lalo González ha tenido la generosidad de invitarme a escribir una columna en el anfiteatro de este ideario. La idea es que, dado que soy de la Generación X, una generación que en términos históricos aportó poco, salvo la depresión e imitación de los patrones de sus papás, reivindiquemos a esos que nacimos entre los 70’s y los 80’s como algo que puede servir para unir dos visiones del mundo, la de los Boomers (que aún no nos sueltan el poder) y la de los Millennials (que ya vieron otra forma de agarrarlo, vía Start Ups), la del análogo y el digital, contándoles el antecedente y el contexto de algunas cosas que se dan por descontadas, para entender por qué son así o al menos tener un ¡Aha! moment al ver claro el 360 de un algo. La historia, los modos, las formas de lo de antes que ustedes, chulitos, llegaran a este mundo. Por eso le puse Generación Bisagra, porque eso pretende ser mi chamba aquí: unir sólidamente lo histórico con el presente y, por qué no, con lo que vendrá, y así abrir puertas y mentes. I hope so.

Ora sí: a lo que te truje, chencha (“wey, así habla mi tía, qué perro oso”). ¿Sabes por qué junio es el mes de la Diversidad Sexual? ¿Por qué cada año, justamente el último fin de semana de junio, la población LGBT+ sale a la calle en calzones o vestidos estrafalarios?

Pues en 1969 había una vez un barecillo, chiquito la neta, en una esquina del barrio de Greenwich Village, en Nueva York, con una barra y apenas unas cuantas mesas, que no llegaban a 20 (aunque, eso sí, con dos pistas de baile bajo su respectiva Shiny Disco Ball), que en sus mejores noches —de espectáculo travesti— se abarrotaba caaaabrón de cabrones que iban a ese lugar básicamente a ligar. Se ponían sus pantalones apretaditos y sus camisetas de resaque y se iban a ver cómo una perra, vestida de perrísima, contaba chistes perreando a la concurrencia o sus compañeras, entre presentación y presentación de vestidas —así les decíamos a las trans del mundo del espectáculo— que imitaban a divas seductoras de esos tiempos o el pasado; desde Marilyn Monroe hasta Nina Simone. Ese bar era cosa criminal para aquel momento, además porque era uno de los pocos lugares donde se podían juntar blancos con negros y latinos.

Y es que el clima político no lo permitía. Para empezar estaba no solo mal visto como ahora, sino penado por la ley el ser homosexual. Las lesbianas literalmente no existían ni en la ley, lo que importaba entonces era que un hombre nacido hombre “quisiera” ser mujer, sodomizando o dejándose sodomizar —y aquí bajamos la voz por favor— ¡por otro hombre! (Khé escándala).

La Segunda Guerra Mundial había terminado casi un par de décadas atrás y el movimiento por los Derechos Civiles de los negros alcanzaba sus primeras victorias en Estados Unidos, que se asumía como líder del mundo libre, gracias a su industria, capitalista por supuesto, y en tensión con el gran enemigo, que de hecho, cosa curiosa, también era el gran enemigo de México: el maldito y jijodesurusa madre llamado no Masiosare, sino (chan-chan-chan) comunismo. Donde, si eras putillo, te iba peor.

Si alguien se enteraba de que te acostabas con el compadre, te ponía dedo con la poli y te mandaban al pabellón. Y si además te asumías como ente político o, peor, kamarrada opositor, entonces eras cazado por la policía secreta de esos países, entonces una Unión, la Soviética, que dizque basaba su mandato en que todos eran iguales y por lo tanto, debían tener lo mismo: casa, coche, jardín, dos hijos y perrito.

Pero claro que hay iguales más iguales que otros, así que si eras algún kamarrada líder del Partido Comunista, pues tenías acceso a cosas a las que el vulgo no, como piscinas, por ejemplo.

Pero no nos desviemos (¿más?), lo importante es que si tu jotería salía a la luz, vía la policía secreta te desaparecían y te torturaban ahogándote y metiendo cualquier cantidad de cosas en tu ano, para asegurarse de que antes de morirte se te quitara el gusto por recibir cosas por un hoyo que no está hecho biológicamente para eso y te fueras al cielo comunista ya corregidito (nada sabían los tontis de pasivos, activos e inters, mucho menos de pansexuales. Nel, para ellos todo joto era pasivo).

En cambio, en el mundo capitalista, en países como Reino Unido o Estados Unidos, la cosa estaba un poco mejor porque al menos no te costaba la vida. Nomás te torturaban si te cachaban ya no digamos cogiendo, sino coqueteando con otro vato. Fueras quien fueras, y aunque hayas terminado con una guerra como Alan Turing, la policía te arrestaba y torturaba con toques en los huevos, por ejemplo, a toletazo limpio, o si te tocaba un juez buena ondita, te mandaba a terapias con electroshocks, pues la homosexualidad se consideraba una enfermedad desde 1952 y como toda enfermedad, se podía tratar y curar y el tratamiento era ese: electroshocks en la cabeza.

Lo que, claro, dejaba unas secuelas psicológicas que eran difíciles de olvidar y que no precisamente ayudaban a que te aceptaras como gay —término que ni siquiera existía— y se lo gritaras a tu familia y al mundo. Nel. Aceptarte significaba segregación social: que te corrieran de la casa, de la escuela y de la chamba y todo eso estaba bien visto por ser tú una perversión con patas que atentaba contra la moral pública.

Por eso Alan Turing se suicidó y como una disculpa pública muy linda, la reina Isabel II conmemoró el 50 Aniversario de su muerte por SUICIDIO.​

—después de varias detenciones policiacas pasadas de lanza— poniendo su rostro en los billetes de 50 libras esterlinas —la moneda más cara del mundo, aunque su amigo el dólar o su primo el Euro, presuman lo contrario—. Dicho billete, sí, por si se lo preguntabas, es rosa.

Pero crucemos de nuevo el océano y volvamos a Nueva York, a ese bar que les contaba, donde todo era dicha y armonía, la neta, muy inocente. Si acaso unos besitos y agarrones de nalga de unos bigotones, porque solo dejaban entrar a los que se veían varoniles, pues los dueños del bar eran bugas —heterosexuales— de la mafia italiana que vieron el nicho de mercado en un barrio que, junto al cercano Harlem, se había convertido en colonia gay terminada la Primera Guerra Mundial, después de que ahí se instalaran los veteranos de guerra que lucharon por su país a principios del siglo pasado: según Freud, la milicia usa la fuerza sexual como principal detonante contra el enemigo, pero cuando ya no hay enemigo, pues… los soldados que regresaban se iban a vivir juntos, con honores y todo.

¡Ah cómo la hago de emoción! ¿edá? Volvamos al bar donde todo era dicha, armonía y calentura, hasta que llegaba la policía con furgonetas a las que trepaban a los cabrones más afeminados o travestis para ser esposados. Los agentes secretos entraban al bar encubiertos y si alguien les invitaba una copa, pelas, los agarraban.

Ese bar se llama Stonewall —nada que ver con Donald Trump— y estas redadas eran, para decirlo claro, cuando los polis se ponían muertos de hambre, porque más que la moral pública, le$ interesaba darle$ baje a lo$ cliente$ del bar, que salían de las celdas unos cuántos días después de haber sido arrestados.

El bar operaba a puerta cerrada porque para entonces estaba aún prohibida la venta de alcohol, así que, a ver si les suena, la mafia italiana pagaba mensualmente una corta lana a las autoridades para que se hicieran de la vista gorda, pero ese junio no dieron nada. En represalia les mandaron un operativo policial, en teoría para decomisar cerveza ilegal. Eso explica por qué esa noche la mayoría de la concurrencia del lugar NO fue arrestada. Si acaso treparon a unos 50 de los más de 200 perversirijillos que había dentro. Pero cometieron un error: la cerveza no había llegado y, sin haber decomisado nada en el fondo del local, de repente escucharon cómo se rompía el vidrio de la ventana del bar, ubicado en Christopher Street. Cuando salieron, vieron que a sus compañeros se les habían escapado los detenidos.

Los que salieron del local ya se encontraron con un griterío amplio y madrazos limpios de parte de un montón de gente. No se habían percatado que la gente desalojada y no detenida nunca se fue. Así que numéricamente eran superados y les llovieron madrazos.

Cuentan los chismes de entonces que en realidad los disturbios fueron planeados por los Black Panthers que, justo como acababan de ser reconocidos los derechos de la gente negra, estaban muy empoderados. A ellos se les atribuye haber volteado la primera patrulla y haberle prendido fuego.

Otro chisme cuenta que un veterano celoso, vecino del bar, llamó a la policía para avisar de la reunión de jotos porque su pareja se había ido al bar con otro.

Haiga sido como haiga sido, los otrora sumisos afeminados que solían detener se revelaron y no dejaron de luchar ni cuando llegaron los antidisturbios y, como somos unas locas, convirtieron aquello en una fiesta, literalmente en una fiesta, para que les calara más a los represores. Con decirles que les bailaban can can agarrados de los codos para no dejarlos pasar, al tiempo que otro grupo daba la vuelta a la manzana y los atacaba por detrás. Para su infortunio la cerveza iba llegando, así que los botellazos fueron la nueva arma contra los que no sabían que un operativo de rutina terminaría tan mal.

Fueron horas de batalla y fiesta que se reforzó con los vecinos y chicos de la calle —literalmente— que, prostitutos o no, iban al bar para que alguien les pagara la peda o, en su caso, agarrar cliente. Los para entonces setenteros que vivían con sus “sobrinos” en el barrio también ayudaron como pudieron, sobre todo enviando a los “sobrinos” a la madriza o aventando cuanto podían desde sus ventanas a los uniformados. Aquello no paró hasta el amanecer.

Esto fue suficiente para que los policías dejaran de molestar un rato (solo hubo tres redadas más en otros bares gay ese año). Ante la tensa calma, las autoridades no sabían que el silencio de los homosexuales obedecía al nacimiento de una comunidad que comenzó reuniéndose durante seis meses para dar hogar y comida a los que, literalmente, vivían de y en las calles y habían luchado en los disturbios; y luego imprimir clandestinamente dos periódicos propios, pues los diarios locales neoyorquinos (tres dieron cuenta de los hechos) no usaban la palabra gay. A los editores les parecía que asociar alegría (eso es gay traducido al spanish) con anarquía, perversión y violencia no era correcto, así que el movimiento hizo sus propias publicaciones.

La palabra como tal no se usó públicamente sino hasta justo un año después, cuando el 28 de Junio de 1970 se realizó la primera Marcha del Orgullo Gay que se movió de ahí, del Stonewall Inn en Christopher Street, hasta Central Park, ante los ojos atónitos de una sociedad que todavía consideró eso enfermo hasta 1973, cuando la Sociedad Americana de Psiquiatría retiró la homosexualidad de su catálogo de enfermedades, gracias a un largo lobby de derechos que se realizó tanto en lo político como en lo médico.

Por eso es que —aunque ya cada quien marcha cuando quiere, siempre y cuando sea este mes— junio es considerado el mes de la diversidad. El mes de salir de las cloacas o guettos —por muy fifís que sean, no dejan de ser guettos—, los bares o puteros gays, para mostrarnos de día con orgullo, aunque nos falte aún mucho para que nuestros derechos sean reconocidos.

En el caso de Jalisco, el matrimonio homosexual está atorado en el Congreso desde hace 15 años, fecha en que se aprobó en el entonces Distrito Federal gracias a Marcelo Ebrard, pues López Obrador le sacó al parche siendo Jefe de Gobierno para, miren cómo son las cosas, no molestar a los conservadores.

La actual Legislatura jalisquilla solo ha aprobado el dictamen en primera lectura. Para que sea ley falta una segunda subida al pleno y, muy importante, su publicación en el Diario Oficial de la Federación.

Si hoy nos podemos casar es porque los alcaldes, de quienes dependen los Registros Civiles, son buena onda, pues nada los obliga desde que Aristóteles Sandoval y los priístas se fueron por la fácil: cuando se juntaron cinco amparos para que parejas del mismo sexo se casaran aquí, la Suprema Corte de Justicia de la Nación avisó a Jalisco que ya se había creado jurisprudencia y pidió cambiar la ley; la mayoría priísta de entonces solo tachó con pluma, literalmente, el artículo del original del Código Civil donde dice que en Jalisco el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer y le pusieron las palabras “no válido” a un lado, pero nunca de los nuncas cambiaron, como debían, la ley para que sí quedara establecido qué diablos era eso del matrimonio igualitario, que no matrimonio gay porque lo que la Suprema Corte ha venido determinando durante estos años es que los derechos deben ser iguales para todos y todas.

¿Y por qué es esto una bronca, si de todos modos los que quieran se pueden casar? Pues porque hay derechos derivados del matrimonio que no se pueden ejercer —como el de la adopción de los hijos de la pareja o de un tercero— hasta que haya una armonización de la ley, que The Supremes ya les mandó recordar en abril del año pasado, igual que la Comisión Nacional de Derechos Humanos, con sendos oficios en los que decían a los diputados jaliscienses que debían armonizar sus leyes locales con las federales. Pero se hicieron mensos, entre otras cosas porque dejaron la Iglesia en manos de Lutero. Le dejaron a ¡una panista! la resolución de este dictamen —heredado de la pasada Legislatura— así como el de identidad sexo genérica, que permitirá a les trans cambiar sus documentos para que vayan acorde con su identidad actual.

Creí que aún a puerta cerrada, así como su marranada de nombrar Consejeros de la Judicatura a corruptos (con tanta vergüenza que lo hicieron de madrugada), este mes los diputados nos darían la sorpresa arcoíris de subir los dictámenes a segunda lectura y el gobernador, Enrique Alfaro, los publicaría en el Diario Oficial del Estado, acompañado de un video mensaje de apoyo a la igualdad y la presentación pública, ahora sí, de su histórica Dirección de Diversidad Sexual y Comisión para Crímenes de Odio en la Fiscalía de Derechos Humanos —instancias que él creó y de las que NUNCA ha hablado en público—, pero no. Al igual que a las Marchas Gay, a la legislación y a esta igualdad de derechos las mató el covid-19. Ni el rayo homosexualizador nos alcanzó para tocar los corazones de les diputades.

PD. Otro día les cuento por qué no participaron mujeres —salvo la noche de los disturbios— en la lucha por los derechos gays y cómo el feminismo tuvo que esperar prácticamente una década para terminar de nacer.

Ricardo Salazar es periodista Multimedia con 30 años de trayectoria, en la que destaca como Director de Radio UdeG en el sexenio pasado, así como Jefe de Cierre del diario Público, donde su columna Salivita era la más leída, así como Conductor Fundador de Canal 44. Ha hecho un extraño crossover entre periodismo y activismo por la movilidad, la diversidad, el VIH y los Derechos. Se propone ser la tía que no tuviste, esa que con cariño te explica el mundo. No, no manda memes de piolines. Twitter es donde se mueve mejor.

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