Torturados en el nombre de Dios: testimonios de personas que pasaron por terapias de conversión

Por Pavel Gaona

El pasado viernes 24 de junio fue histórico: por una mayoría abrumadora, el Congreso de la Ciudad de México aprobó una ley que prohíbe las ECOSIG (Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género). Una forma bastante técnica de nombrar a algo que muchos de nosotros conocemos o al menos hemos escuchado nombrar: las famosas “terapias de conversión”.

Pero, ¿qué es lo que buscan estas “terapias”? Mediante diversos métodos —que pueden ir desde lo religioso hasta los supuestamente científico—, se busca “reparar” una orientación sexual o expresión de género que se considera incorrecta. Buscan “quitarle lo gay” a un gay, “corregir” a una lesbiana, hacer que una persona trans acepte el género que le fue asignado al nacer.

¿Estas “terapias” son efectivas? No. De hecho se les puede considerar una forma de tortura, ya que pueden incluir métodos que van desde cosas “inofensivas” como los grupos de oración hasta los electroshocks, la privación de alimentos o incluso las violaciones correctivas, en el caso de las mujeres lesbianas. De hecho, la APA (American Psychiatric Association) reconoce que estas terapias además de no funcionar, pueden dejar secuelas como depresión, ansiedad y comportamiento autodestructivo.


Y si esto suena brutal “en abstracto”, es mucho peor cuando le ponemos nombres y conocemos los casos de personas que han pasado por esto y nos cuentan sus experiencias. Aquí te compartimos dos de ellas. 


“Cuando esto pasó me sentí aterrado, no quería verme con ese supuesto psicólogo”. Gonzalo Molina

Desde que era un niño en edad preescolar supe que era distinto. Años más tarde, yo no salí del closet, me sacaron. Mis padres sospechaban de mí y me quitaron el celular para revisarlo y encontraron conversaciones con mi exnovio. Eso fue a los 15 años; ellos no se lo tomaron nada bien. Fue un caos en casa.

Mis padres son pastores cristianos. Mi papá pidió ayuda con uno de sus amigos (un pastor) y él les recomendó un “psicólogo”. Y lo digo entre comillas porque no lo era, era un estudiante que decía tener experiencia “curando homosexuales”. Cuando esto sucedió me sentí aterrado. No quería verme con ese supuesto psicólogo, pues ya me había informado sobre esas “terapias” y sabía que siempre terminan mal. Pero mis papás insistieron y tuve que ir.

En las sesiones me hacían preguntas denigrantes y homofóbicas. Me hacían preguntas sobre cómo me di cuenta de que era gay, de quién era el hombre o la mujer en la relación, y si había sufrido alguna violación cuando niño. Luego mis papás y el “psicólogo” se pusieron de acuerdo para llevarme a un retiro espiritual. Todo era súper cristiano y donde me hacían ver que mi orientación era pecado y “debía morir a los deseos de mi carne”.

Yo quise creer en ello, quise pensar que funcionaría. Por un momento me convencí a mí mismo de que era heterosexual e incluso intenté tener una relación con una chica, cosa que no funcionó, porque los dos somos gays. 

Todo terminó un año después y fue porque yo estaba cansando de ir a las terapias; de escuchar las mismas preguntas, de que me pusieran a leer la Biblia y de ver que mis papás sufrían por tener un hijo gay. Decidí tomar el camino fácil y mentí: le dije al psicólogo y a mis papás que ya estaba “curado”, que no sentía atracción hacia los hombres. Sé que no debí haber mentido, pero necesitaba que esto se detuviera. 

Al año siguiente, a los 17, tuve una depresión muy fuerte. Me sentía un mentiroso, un impostor y no me sentía libre. Pensé que eso calmaría el enojo y decepción de mis padres, pero al parecer hasta hoy en día siguen con esa decepción. Sé que en el fondo saben que soy gay. Pero nunca lo aceptarán”.

“Pasaba largos días de ayuno, noches de oración y exorcismos, baños diarios en aguas frías con hielo”.  Jeffrey Yescas

“Supe que era gay desde iba la primaria; desde cuarto o quinto ya veía “bonitos” a mis compañeritos. Del clóset me sacaron a los 16 años y mi familia lo tomó bastante mal, fue un día muy cruel. Mi madre me corrió a golpes y patadas diciendo que “prefería tener un hijo drogadicto, mal viviente o asesino”. Incluso me dijo que “prefería te hubieras muerto, pero nunca que fueras un maricón”. 

La idea de llevarme a una terapia que “me corrigiera” vino de mi familia. Mi tío (hermano de mi madre) era y sigue siendo pastor de la iglesia cristiana mas grande de Atlixco, así que yo iba al grupo de jóvenes, a tardes de oración, domingos de culto. Como era bastante afeminado se rumoraba que yo era homosexual. De repente empezaron esos mensajes de “Dios no acepta a los homosexuales, es aberración”.

A mi casa solo pude volver bajo la condición de curarme, y acepté, porque no tenía a dónde ir y no sabía qué hacer. Literalmente mi mundo se vino abajo, era la única salida y así empezó todo, el hecho de que mi madre decía que tenía que curarme para que ella pudiera perdonarme.

Mi pastor y varias personas en la iglesia decían que “eso” sí se quitaba, que podíamos curarnos, que Dios podía liberarnos de ese pecado y que era una maldición generacional según la Biblia, que en esa misma iglesia había testimonio de homosexuales que se habían curado y logrado tener familias felices. Y así empezó mi travesía. 

Yo “voluntariamente”, mi madre y miembros de la iglesia decidimos empezar este proceso “de cambio y liberación de mis espíritus y demonios de homosexualidad”. Inicié con mucho miedo, pero de alguna manera estaba decidido a hacerlo. No quería quedarme solo, necesitaba pertenecer a algo, a mi familia; quería conservar mi vida como la había conocido hasta ese entonces, aunque para hacerlo tuviera que pasar por ese dolor y miedo.

Pasaba largos días de ayuno, noches de oración y exorcismos, baños diarios en aguas frías con hielo, oraciones en zonas alejadas. Me flagelaba, iba a retiros espirituales para “personas endemoniadas” donde nos hacían un tipo de terapias para confrontarnos a nosotros mismos y “el miedo al castigo eterno”. En uno de esos retiros nos dieron unos látigos, y nos paraban en una cruz; los otros nos aventaban clavos y nos golpeaban con los látigos “para liberarnos, para doblegarnos y entrar en comunión con el Espíritu Santo”.

Me aleccionaron tanto que llegué a creer que podría curarme, incluso cuando no puede más y salí corriendo de Atlixco y me refugié en la Ciudad de México. Más tarde me fui abriendo a conocer más personas, me enamoré, tuve amistades. El huir de casa fue crucial; trabajé muchísimo en aceptarme. 

Lamentablemente esta “terapia” sí me cambió, pero para mal. Cambió mi forma de ver a las personas. Dejó muchas secuelas negativas en su momento, una bajísima autoestima, noches largas de dolor y pesadillas. Hoy después de haberme aceptado siento que me volví más fuerte, más valiente; resiliente de alguna manera. Busqué lugares y gente donde ahora soy pleno, feliz, libre; donde tengo una voz y un lugar.

“Sé que muchas personas al igual que yo pasaron y están pasando por estos crueles actos”.

Cuando Gonzalo se enteró de que la ley para prohibir las ECOSIG en la CDMX se había aprobado, su corazón dio un vuelco. “Me sentí súper feliz de saber que esas terapias tendrán el castigo que se merecen. Es un paso muy importante para la comunidad LGBTQ de México y espero que esta iniciativa llegue a los congresos de todos los estados del país, porque sé que muchas personas al igual que yo pasaron y están pasando por estos crueles actos que al final te dejan una terrible depresión”.

Por su parte, Jeffrey también se sintió inundado de felicidad y optimismo, aunque reconoce que hay mucho por hacer. “Lo celebré, me alegré un chingo. Sé que es un gran avance y pensé, “vamos mejorando”. También sé que aún hay mucho que hacer, una gran lucha que seguir peleando. Pero seguiremos ganando.

Post Author: anodis