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30 DE NOVIEMBRE DE 2006 "¡Está difícil encontrar marido!", la frase de moda Vivimos en una época marcada por la sobre valoración del dinero, el individualismo, las relaciones light, la libertad para ligar con uno y otro, y en donde sobrevive el prejuicio que reza que los gays estamos destinados a tener una vejez en soledad.
Se trata de un escenario hostil en donde -gracias al cielo- el amor aún tiene un espacio. Sin embargo, todos esos ingredientes parecen convertir cualquier intento para establecer relaciones de pareja en una empresa dura y casi imposible para muchos. A su vez, la soltería deriva en un mal o una dolencia porque en ese estado, cuando nos cuestionamos más acerca de estos temas, y repetimos una y otra vez: “¡cómo está de difícil encontrar marido!”.
Es una realidad, hay un pesimismo generalizado frente al hecho de encontrar un compañero de viaje, una actitud negativa fundamentada en algunos hechos reales e indudables, pero a su vez, argumentada también por una voz que cada día “engordamos” más y más y que se nutre de hechos irreales, producto de tanta prevención.
Cada vez que iniciamos el cortejo con un fulano, ponemos en tela de juicio cualquier aspecto positivo o atractivo del candidato, y si las cosas no van bien la primera semana, la misión se aborta sin piedad.
Solemos apegarnos a relaciones agonizantes o tormentosas, teniendo siempre presente que encontrar una nueva posibilidad de pareja será muy difícil. O simplemente no tomamos riesgos, porque según la mayoría, “uno siempre se estrella”.
¿Dónde buscamos generalmente y que los hace espacios fértiles u hostiles para el encuentro?
Dentro de los hechos reales que hacen difícil encontrar pareja, figura -a mi juicio- el efecto inverso que desencadenó la tan anhelada aldea global. Es decir, todos estamos conectados, por medios electrónicos, o en espacios virtuales para ligar que nos permiten presentarnos y ofrecernos como productos en un mostrador… lo cual no tiene nada de malo. Pero parece que tanta conexión electrónica trae consigo una oferta alta de posibilidades que nos invita a explorar y explorar, y a pensar: “éste está bonito, pero otro más bonito podría aparecer luego”. Así que consumimos y consumimos perfiles y nos sucede lo mismo que a los niños cuando entran a una tienda de juguetes de tamaño sorprendente: queremos llevarlo todo. Tanta posibilidad de probar sabores y colores nos impide centrar la atención en un solo personaje, y allí nos quedamos. Los hombres contemporáneos somos golosos, hedonistas, y casi siempre incapaces de rechazar ofertas. La exclusividad está en entredicho.
A su vez, esta misma modalidad de levante, el Internet, refuerza la importancia del empaque del producto, y acentúa “el rayón” que tenemos en la cabeza que nos lleva a desear perdidamente el six pack y los oblicuos que sólo unos pocos consiguen gracias a su dedicación obsesiva al gimnasio, o que de hecho, otros pocos se los ganaron en la rifa de la genética. Así que entre la presencia de algunos adonis, nos olvidamos de los otros aspectos que hacen que una relación funcione. El objetivo real se pierde y la locura por el corpus se eleva.
También hay que decir que una pantalla de computador “lo aguanta todo”, así que el estrellón de muchos es inminente y tras la primera cita, el encanto se diluye. No era lo que imaginaba.
Sin embargo, no se puede descartar como un espacio positivo para el encuentro, eso sí, la web cam ayuda, y disipa dudas frente a tanta perfección fotográfica, y una llamadita previa a los encuentros, constituye sólo unos cuantos pesos que nos dan una idea más clara del cibernauta interesado.
Además, la red constituye un espacio perfecto para quienes odian desgastarse en espacios públicos, o para quienes no tienen mucho tiempo para divertirse. Sólo es prudente llevar claro, y anotadito si se es muy mirón, el perfil de persona que deseas conocer, para no perderse entre tanta foto.
Otro escenario legendario, que no pasa de moda, es un lugar que permite la desinhibición, pero que gracias a la penumbra también aguanta mucha farsa… sin embargo, parece el espacio perfecto para enamorarse, pues el baile, el roce, y los tragos calientan a quienes no se arriesgan tanto.
Eso sí, es un lugar público, así que quienes emprenden varios intentos en un corto tiempo, pueden poner en tela de juicio su reputación, sin embargo, el ensayo y error no constituyen un pecado.
De otro modo, si se convierte en un espacio exclusivamente para ligar, puede que se deje de disfrutar la música y la compañía de los amigos por estar pendiente de los candidatos. Además, no siempre se levanta, así que puede ser una estrategia peligrosa para los depresivos, pues pueden volver a la casa con las redes vacías, la piel ajada producto del humo de cigarrillo, la ropa oliendo a todos, unos pesos menos en el bolsillo, y el día siguiente perdido tratando de recuperarse de tal voltaje.
Lo que sí es cierto es que mi rudimentario sistema estadístico me dice que muchos han logrado ligar en este espacio, incluido es suscrito… sólo una vez con mucho éxito, pero se logró.
En la calle el ligue parece ser cada vez más común, sobretodo porque el pudor se reduce cada vez más, y la acción estratégica está cada vez más depurada: dos hombres caminan, se cruzan, si se voltean a mirar un metro después, hay interés; sin embargo, vale repetir el giro de cabeza dos o tres veces, pues la timidez de algunos no les permite evidenciarse en el momento justo después del cruce. Uno de los dos se detiene, generalmente quien experimenta menor traumatismo frente al rechazo, esto con el fin de demostrar claramente su interés por conversar. El otro se acerca y el encuentro es una realidad.
La verdad es que en estos casos la carnada del anzuelo no es más que la carne de los involucrados. El riesgo es alto, pues el encanto puede romperse justo después de escuchar su voz, o luego de conocer el quehacer de quien picó.
Es atractivo por su carácter primario de cortejo, algo animal, y de mucho riesgo, pues se hace frente a los ojos de cientos de transeúntes, conductores de carros, o usuarios del servicio de transporte público, que observan por las ventanas a los dos enamorados. Pero insisto, tampoco es pecado.
¿Encontrar pareja en la calle? Seguramente un bajo porcentaje podrá expresar historias con final feliz, pero que las hay, las hay. Yo, cero pollitos.
Acercándonos un poco más la sordidez, quiero confesar que uno de mis mejores amigos “se casó” en un cine. Esta vez el recinto no era blanco, claro, con olor a rosas, ni mucho menos con música de violines al cierre del beso que simboliza la unión. Al contrario, el espacio era oscuro, con olores extraños que se dejaban sentir en medio del producto para trapear con visos de creolina. Los violines fueron reemplazados por quejidos de las estrellas del porno gay, que ambientaban sus besos apasionados en una cabina con colchoneta y papel higiénico.
El matrimonio les duró poco, pero se lo gozaron. Y con esto quiero manifestar mi desacuerdo con quienes consideran que uno no se puede “casar” en un cine o en un sauna, seguramente que querrán obviar la historia de cómo se conocieron en frente de las multitudes, pero ¿por qué satanizar ciertos espacios, si la sordidez parece reinar en todas partes? Además, eso depende de la visión de cada uno. Eso sí, son sitios poco románticos, pero a estas alturas vale todo. De hecho por allí caminan personajes de envidiable posición social y económica, con cosas en la cabeza, además de lo que esconden detrás de las toallitas que dejan verlo todo, sólo que la idea de amor romántico nos juega una mala pasada y nos bloquea a la hora de lanzar redes con intereses más claros y duraderos.
En fin, podríamos seguir enumerando sitios, la ciclo vía – allí me casé con excelentes y duraderos resultados -, el trabajo, la marcha gay, un café, una fiesta familiar, la despedida de la empresa, y todos estos lugares tendrían aspectos reales y falsos que los catalogan como sitios malos para el levante; pero a su vez, encontraríamos aspectos positivos y atractivos que los convierten en sitios fértiles para iniciar una relación de pareja. Pero lo más importante es dejar de repetir de día y de noche: “está difícil levantar marido”, de pronto sin tanta prevención dejamos de levantar y las personas llegar por sí solas.
Y eso sí, tumbemos tanta barrera, pues andamos en grupitos de a uno o de amigos con límites infranqueables que nos impiden conocer a otros. Y menos miedo al rechazo, que lo peor que nos pueden decir es “no me interesa”… Recuerden señores, no somos monedita de oro, sólo somos hombres.
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