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19 DE JUNIO DE 2006

Oqueerrencias y queeriosidades
Marcha vs Carnaval
En contra de lo que se cree, un carnaval es igual, o más significativo, que una marcha llena de consignas políticas así que para exigir la reivindicación de nuestros derechos es suficiente con la presencia multitudinaria.

Sergio Téllez-Pon

A Víctor y Juan Pablo, en el 4to aniversario de anodis.com.

Las voces de los organizadores de la Marcha del orgullo gay, año con año insisten en reivindicar la postura política de la misma ya que, argumentan, la Marcha ha devenido carnaval (de hecho “Marcha gay” como tal, podría ser un oxímoron: dos términos casi opuestos que se unen, incluso si se toma en cuenta la raíz etimológica de la palabra gay, o gayly, esto es, alegre o festivo, bien podría ser una incongruencia). Se han olvidado las consignas (“No hay libertad política, sino hay libertad sexual”, como se proclamaba desde los años setenta, cuando se inició esta manifestación el último sábado del mes de junio), para dar paso a los tráilers con los que los bares y discotecas gays se hacen presente. Las consignas para demandar políticas públicas para nuestro sector, han quedado relegadas a las letras o acordes de las canciones de moda. Todo esto es innegable, pero no por eso debe ser desdeñado e incluso descalificado.

Por otra parte, me he encontrado con personas que se expresan de distintas maneras sobre la marcha: un amigo me dijo que la Marcha pasada le pareció muy aburrida porque no había consignas políticas así que este año aprovechó la amenaza expresa de su padre quien le dijo que si iba tenía que ir buscando casa y, desde luego, no asistió. Otro me dijo que se aburrió mucho justamente por la proliferación de las consignas que politizaban demasiado la manifestación. Y uno más definitivamente atajó: “¿Cómo pretenden que los políticos tomen en serio sus demandas si van disfrazados, travestidos y hasta joteando?”

Para empezar, un carnaval no es nada desdeñable. En Cuba, por ejemplo, el carnaval es la única forma en que se liberan de la opresión política miles de personas que salen al Malecón habanero cada año, la primera semana de noviembre. Si los organizadores de la Marcha en nuestra ciudad se pusieran a leer la teoría sobre el carnaval de Mijaíl Bajtín, se darían cuenta de sus errores al minimizar los logros de un Carnaval. Más que las acciones, la palabra y la risa han sido más letales para que se produzcan los pequeños pero significativos cambios que han cambiado el rumbo de la humanidad. No por nada, gobiernos totalitarios han quemado libros, han censurado autores y hasta han cerrado las bocas de sus habitantes para que no sólo no se expresen sino que no se rían a carcajadas.

En lo particular, hacía mucho que no me divertía tanto en una Marcha. Hace un año estaba un poco enfermo y aún así fui, aunque con las reservas del caso. Hace dos, tuve la fortuna de viajar al Gay Pride de la californiana ciudad de San Francisco (una de las ciudades gays por excelencia del mundo), sólo para aburrirme como nunca. Y me aburrí demasiado porque no pude participar en ella ya que allí se desfila por grupos (gays atletas, madres lesbianas, madres de hijos gays, lesbianas en motocicletas, drag queens, etc…), muy ordenados, gritando consignas específicas, con sus pancartas haciendo ver sus inconformidades (en este caso era el derecho a los “same sex marriage” que el alcalde demócrata había aprobado pero que la Suprema Corte del estado desconoció los matrimonios realizados hasta el momento argumentando que el alcalde se había extralimitado en sus funciones). Si, como dicen, quieren reivindicar la postura política de la Marcha, a los organizadores les recomiendo que empiecen por realizarla de esta manera para que, ahora sí, exijamos lo que debemos a costa del aburrimiento de los asistentes.

Además, creo que justamente por todos los disfraces, las vestimentas, las joterías nos deben empezar a tomar en cuenta. Al salir, al tomar las calles de la ciudad, la visualización de la diversidad se hace aún más evidente: somos miles y miles y miles—aunque las autoridades siempre reduzcan considerablemente el número de asistentes—con cuya presencia sería suficiente para hacer saber que nuestros políticos tienen que empezar a ejecutar políticas públicas para un sector tan diverso.

Esto precisamente es otro de los tantos defectos de la Marcha: no se toman en cuenta las demandas de los diversos grupos que componen el colectivo LGBT (siempre serán distintas las demandas de los gays con respecto a las de los transexuales—quienes piden el reconocimiento de su nueva identidad—así como el de las lesbianas con respecto a las de familias homoparentales, etcétera). Es por eso que en la Marcha deben caber todas estas diferencias y así los que quieran marchar que se manifiesten, pero también que nos dejen divertir a los que salimos a hacer de la marcha una fiesta para ser congruentes con lo gayly.

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Carnaval gay, nada desdeñable en busca de derechos

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