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22 de mayo de 2006
Swingers en México: “salir del clóset”
En Puebla la situación de los swingers es muy similar a la discriminación gay de hace 15 años. El multilingüe empresario nocturno recuerda que hace tan sólo tres lustros, los homosexuales se veían obligados a autoexiliarse en bares clandestinos.

Redacción Anodis

Puebla (Juan Pablo Proal/Apro/Primera de dos partes). Esta capital ha sido percibida tradicionalmente como una sociedad moralista y en extremo conservadora. Desde su controversial nombre “Puebla de los Ángeles”, sus cientos de templos religiosos, y hasta la presencia de grupos de ultraderecha, como El Yunque, han conformado la concepción de que esta entidad es “tierra de mochos”. Sin embargo, este estereotipo contrasta con la creciente conformación de grupos swingers, es decir, clubes de intercambios de parejas.

Experimentadas parejas de este ambiente estiman que, en la capital del estado, alrededor de 600 matrimonios decidieron dejar a un lado los celos para dar la bienvenida al sexo compartido. La cifra podría parecer alta, sin embargo, resulta ínfima frente a países donde se practica esta actividad desde hace más de cuatro décadas.

Tan sólo en Cap d’Agde, en el sur de Francia, están asentados ocho clubes de swingers en una población de apenas 30 mil personas, cifra que equivale apenas a 0.5% de los habitantes de Puebla.

El número de parejas poblanas que se suman al mundo swingers va en aumento. Gerardo y Nathalie, propietarios del único club swingers abierto al público en la entidad, reconocen que el intercambio de parejas cobra adeptos con rapidez. Las cifras resultan evidentes: en sólo nueve meses se incorporaron al centro 60 matrimonios.

Las parejas poblanas “son muy abiertas en el sexo”, califica Natalie —quien, al igual que su esposo, solicitó que no se publicara su nombre completo.

Gerardo profundiza: en Puebla la situación de los swingers es muy similar a la discriminación gay de hace 15 años. El multilingüe empresario nocturno recuerda que hace tan sólo tres lustros, los homosexuales se veían obligados a autoexiliarse en bares clandestinos o fiestas caseras para convivir entre sí. “Algo muy similar ocurre ahora con los swingers”, aclara.

Políticos, burócratas, intelectuales, jóvenes y empresarios se han incorporado a la vida swingers, aunque la inmensa mayoría opta por reunirse en casas o sitios clandestinos porque aún se avergüenzan de su condición, lamenta Gerardo. Su esposa, Nathalie, los define con precisión: “Hay muchas parejas que aún no salen del clóset”.

Es por ello que la cifra podría ser, por mucho, superior a las 600 parejas que abiertamente se reconocen swinger, puntualizan.

Un bar “normal”

La noche es fresca en San Pedro Cholula, aun dentro de las gruesas paredes del club El Real. Es viernes, pasadas de las 23:00. Dentro del pequeño y oscuro bar sólo pernoctan los dueños del centro nocturno. “Las parejas son muy impuntuales”, confiesa Nathalie.

El club es acogedor. Está iluminado con la luz de pequeñas velas colocadas en húmedas paredes. El baño es similar al de una casa y hasta tiene una inservible regadera. La barra de madera es modesta: tan sólo reposan unas cuantas botellas y decenas de cervezas se enfrían en un viejo refrigerador.

En el club las reglas son estrictas. “El consumo abusivo de alcohol disminuye sus capacidades físicas e intelectuales, y debe evitarse”, explica Natalie, y parafrasea la máxima de Aristóteles, para quien "lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido".

Por fin, luego de dos horas de espera, arriba al club la primera pareja de la noche. La mujer lleva puesta una reducida falda que exhibe sus gruesos muslos. El hombre sólo viste con una camisa de manga larga y los tradicionales jeans. Se sientan en un pequeño sillón rojo, que únicamente da cabida a dos personas. Saludan con familiaridad a Gerardo y a Nathalie. “¿Nos recuerdan?, vinimos la semana pasada”, aventura el caballero. “¡Claro que los recordamos!”, responde amablemente Nathalie.

La pareja no se dirige la palabra. Se ven tensos. La mujer voltea al techo con insistencia. El hombre se concreta a darle sorbos a su trago. Están solos en el club, no hay otra pareja para conversar.

Esto cambia minutos después, cuando llega la segunda pareja de la noche. Al igual que la anterior, está integrada por un hombre entrado en “sus cuarenta” y una mujer no menor a 35 años. Ella exhibe un pronunciado escote. Él parece venir del trabajo, con camisa formal y pantalón que hace juego. Saludan a la pareja de al lado con cierto temor, aunque pierden la desconfianza cuando escuchan la voz alegre de Nathalie, quien les da una eufórica bienvenida.

Como por arte de magia, arriban al lugar otras tres parejas, que serían las últimas en llegar esa noche. El rito es casi idéntico: se saludan tímidamente, se sientan en un sillón, beben un trago y enmudecen.

Sin embargo, con el paso de los minutos, los ojos empiezan a perder su recato. Los hombres fijan sus miradas en los escotes y en las piernas de la mujer de su prójimo. Las damas, aprueban el cortejo con una leve sonrisa.

El escritor Kostas Axelo sostiene que "la pareja no se apoya sobre la permanencia del amor y de la sexualidad, sino sobre la permanencia de la ternura", sentencia que se aplica perfectamente a lo que ocurre en una relación swinger.

Aunque hombres y mujeres se dan cita en este lugar precisamente para acercarse a otra pareja y entre ellos predominan las miradas de deseo, los matrimonios no dejan de acariciarse y de confiarse un platónico “te amo”.

Ha transcurrido media hora. El ambiente está tenso. En el fondo, un suave jazz da la nota precisa para que el encuentro swinger se haga realidad, pero las parejas todavía no se comunican.

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La Ciudad de Puebla: abierta a la práctica swinger

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