Camina por entre las mesas desocupadas; se escucha el golpetear de sus tacones. El sonar de los cubiertos le cubre de notas estridentes el cabello: ondulado, castaño claro, le llega hasta los hombros. Miradas se le adhieren en la ropa, al rostro, en todo el cuerpo. Es una mujer que mide 1.84, simplemente llama la atención. Le fascinan los felinos y su personalidad es como la de uno de ellos: enigmática, astuta; es inteligente: Gloria Hazel Davenporth se llama.
Gloria Hazel Davenporth: la transexual
Jamás pudo visualizarse como hombre; sólo quería ser una gran escritora cuando grande. En efecto, había muñecas en su casa pero pertenecían a sus hermanas, y aunque reconoce no haber sido muy buena jugando con las barbies, anheló una mujer biónica con la cuál jugar día y noche. Aún no es tarde para ello.
Para Davenporth nada es sencillo, es una fémina por convicción, comportamiento y carácter. “Me defino como una transexual, una persona a la que le ha tocado un momento histórico muy importante. Me involucro sólo en el momento en que vivo; soy mujer finalmente”, asegura mientras se pasa los dedos por las ondas de cabello, sinónimo de su rebeldía.
Hombres y mujeres ignoran que una persona transexual es aquella que tiene la sensación de que su anatomía física no corresponde a su verdadera identidad, y que en algunos casos busca reasignarse hormonalmente. Gloria Davenporth no es la excepción; le gusta sentir cuando las hormonas “navegan” por el interior de su organismo.
Dice tener su minuto de “autocrítica desbocada nudista” cuando se mira frente al espejo, entonces se da cuenta que las caderas le han crecido, que su cintura es más pequeña y sus brazos adelgazaron, sin embargo, no dejó del todo claro haberse sometido a una operación de cambio de sexo. “Tenemos que dejar de pensar en penes y vulvas y tomar en cuenta lo que llevamos dentro. Tal vez ya me operé o lo estoy haciendo por etapas, quizá nunca recurra a ello. No lo voy a decir”.
En tanto bebe un antiácido, se niega rotundamente a decir su verdadero nombre, lo siente ya como un apodo y lo negará para siempre. Eligió Hazel porque significa almendra, el color de sus ojos. Le representa aquel castillo de neblina en el que puede vivir tranquilamente; es el fortín de Morgana, de ella misma y al que jamás renunciará. Sólo recurre a su nombre masculino para realizar trámites que requieren de documentos oficiales y reconoce que el proceso de cambio de identidad como ciudadana no ha sido fácil. “Te topas con personas cerradas que niegan derechos a los demás”. Se enoja, los gestos de su rostro son evidentes.
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