4 DE ENERO DE 2003
En el laberinto del abusador
Cualquiera que sea el perfil de los paidófilos, son enfermos que necesitan tratamiento especializado y que deben ser retirados del contacto con menores, pues tienden a reincidir.

Redacción Anodis

Ragap



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De acuerdo con la Academia Estadounidense de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia (AACAP, por sus siglas en inglés) los paidófilos pueden agruparse en cuatro tipos diferentes de sujetos. El primero es aquel que no tiene ningún sentimiento de culpa por lo que hace ni se avergüenza por el sufrimiento infligido a sus víctimas.

El segundo corresponde a quienes aparentan estar arrepentidos por lo que hicieron y se justifican con sus problemas psicológicos y en la relación con su pareja. El tercer tipo es de personas que crecieron en ambientes familiares en donde se les hizo creer que las relaciones sexuales con menores era algo normal.

Los del último tipo, no sólo están ajenos al sufrimiento de sus víctimas, sino que llegan a creer que les hacen un bien. Cualquiera que sea su perfil, los paidófilos son enfermos que necesitan tratamiento especializado y que deben ser retirados del contacto con menores, pues tienden a reincidir.

La mayoría de estos parafilícos fueron abusados sexualmente durante mucho tiempo en su infancia, por algún familiar o conocido, sin posibilidad de defenderse del abuso. Los paidófilos aparentan ser normales y suelen ejercer profesiones o actividades que los mantengan cerca de los pequeños; también pueden ser los padres, abuelos o tíos de sus víctimas a quienes seducen bajo amenazas o una atención exagerada.

Convierten a los niños en rehenes de la situación y llegan a hacerlos sentir culpables por lo que les pasa, de tal manera que los niños quedan atrapados e imposibilitados de defenderse.

Más de 95 por ciento de los abusadores son hombres y tres de cada cuatro de sus víctimas son niñas. El abuso va desde la exhibición de los genitales hasta la penetración anal o vaginal. El daño a la víctima es en cualquier caso muy grave, afectándola en su autoestima y en el desarrollo de su identidad sexual, así como en el desempeño en todas las áreas de su vida: escolar, amistosa, familiar, alimenticia, etcétera.

Los paidófilos siempre son adultos con una fuerte influencia en la familia y en su víctima. Tienen serias dificultades para mantener relaciones sexuales saludables y satisfactorias con mujeres adultas, pues se sienten amenazados por ellas y prefieren, aun cuando tengan relaciones con una mujer adulta, las relaciones con menores, porque les da seguridad el poder físico y emocional que ejercen sobre su víctima.

Algunos paidófilos emplean el cariño, la seducción, el convencimiento, los regalos para atrapar a sus víctimas y otros recurren a la violencia física y las amenazas psicológicas. Además, son hábiles para ganarse la confianza de los padres, o de la madre, cuando es el padre el abusador, de modo que se confíe en ellos hasta el grado de dudar de la víctima cuando ésta se decide a denunciarlo.

Suelen elegir a sus víctimas entre niños con carencias sociales y afectivas, producto de un medio poco estructurado: familias con necesidades económicas o en la que está ausente un padre por abandono, muerte o divorcio.

Suelen atribuir a sus actos parafílicos un fin altruista y usurpan las funciones parentales, convirtiéndose en una especie de mentores o protectores de sus víctimas, de tal forma que ésta queda atrapada en un doble vínculo; por una parte se siente abusada y victimizada y por la otra, el abusador les hace creer que está haciéndoles un favor y que si lo descubren pondrá en peligro el equilibrio familiar. Esto es una tortura psicológica muy grave, que daña la psique a veces de manera irreparable.

Está claro que los abusadores son personas narcisistas que sólo se interesan en su propia satisfacción personal, que emplean mecanismos de defensa muy primitivos y su sexualidad es muy infantil. Difícilmente buscan ayuda terapéutica y sus tratamientos son complicados, por lo que los padres de las víctimas deben buscar que sean recluidos para proteger a otros menores de estos sujetos, sin importar el cargo o representación social que posean.

Siempre que un infante exprese que algún adulto los ha sobreestimulado sexualmente, habrá que creerle y retirarlo del contacto con dicho adulto. Los síntomas de abuso en un niño son claros, pero hay una resistencia a creer que algo tan malo le haya pasado a un ser querido, y no son pocos los casos en que los familiares se siguen negando, aun cuando los hechos han sido confirmados.

A veces, es la misma madre quien obliga a la víctima en aras de la defensa del padre, tío, hermano o amigo abusador, confundiendo aún más al pequeño entre su experiencia traumática y la realidad que le está siendo impuesta, con el consiguiente daño a su salud psicológica y mental.

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