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6 de marzo de 2006 Sexo entre hombres, la otra cara del amor Mucho se ha hablado del posible impacto de la película Brokeback Mountain (El Secreto de la Montaña) en cuanto a la posible aceptación de lo guei entre el público amplio
Pero ¿y si también aporta esta película a la aceptación entre los gueis del sexo no-guei entre cabrones? No todas las experiencias homoeróticas tendrían que darse bajo las normas de la Zona Rosa.
Recuerdo una vez en un congal de soldados, por horas varias mujeres 'auténticas' y 'aspirantes' habían intentado infructuosamente ligarse a un par de sardos jóvenes. El desconcierto era grande, pues las triquiñuelas de todo el mundo parecían extrañamente inútiles. Pero al calor de las copas, toda la concurrencia del lugar guardó un congelante minuto de silencio cuando los soldados se dieron un beso apasionado. Y luego el escándalo creció atronador ¿cómo era posible una 'tortilla de mayates'? Pues evidentemente no sólo se topó con el prejuicio sexual de sus familias, trabajos y proyectos de vida, sino también con la envidiosa incomprensión de gueis, vestidas y suripantas del congal.
Las prácticas homoeróticas son muy anteriores a la humanidad, en una perspectiva evolucionista. Simplemente los chimpancés bonobos, nuestros cercanísimos parientes, son bastante flexibles en la orientación genérica de sus prácticas sexuales. Pero la identidad guei y el estilo de vida que se le asocian son una innovación social que surgió en algunas ciudades grandes de los EUA luego de la Segunda Guerra Mundial.
El gran filósofo usamericano del siglo XIX, Ralph Waldo Emerson, escribió sobre ese sublime amor hacia los de su mismo sexo, si bien parece no haberlo llevado a la práctica debido a los prejuicios de la moralidad cristiana de la época. Pero sería un anacronismo absurdo pretender que Emerson habría sido "gay".
"Gay" ni siquiera siginificó en inglés solamente 'alegre'. Significó más bien algo como 'descocado', 'descuidado'. 'Gay girl' era el equivalente a 'chica de la vida alegre'. Pero como es frecuente con las etiquetas de identidad, otros las usaban para insultarnos, pero al adoptarlas para nombrarnos a nosotros mismos le damos un nuevo sentido. Pero ese sentido no opera retroactivamente en el tiempo. Y no se extiende automáticamente a otras culturas y circunstancias de vida.
A quienes hemos decidido abrazar positivamente una identidad "guei", esta etiqueta nos resulta útil y nuestro mundo gira alrededor de ella. Pero no por ello todos los mundos homoeróticos posibles tienen que necesariamente girar también a su alrededor. Creo que los gueis abusamos al etiquetar como guei a cualquier hombre que tenga sexo con otro cabrón. Y no me preocupa principalmente que abusemos de ellos, sino que abusemos de nosotros. Criticar como "guei traumado" a un hombre que tenga sexo con otro hombre, ¿no es acaso aceptar el autogol de pensar que la homosexualidad y la gueidad serían una especie de maldiciones que contaminarían a quien las probara? ¿Qué ganaríamos viviendo nuestra sexualidad, no como un bello don natural, sino como una sucia e infecciosa maldición?
Así que si realmente consideramos que lo más sano es que cada uno de nosotros explores sus dones y se descubra y acepte tal como es, ¿no sería entonces lo mejor que nos diéramos la oportunidad de hacerlo sin todo el prejuicio de cómo se supone que deberíamos ser si el homoerotismo nos gustara? ¿O acaso al disfrutar del homoerotismo debemos necesariamente hacernos clientes de por vida de Zara (de Tepis)?
10 razones por las que Brokeback Mountain no es gay
1. Clase social. Los protagonistas son trabajadores rurales. La mayoría de las historias sobre gueis son urbanas, preferentemente de clase media o alta.
2. Ocupación. A diferencia de las consabidas historias sobre gueis, acá se trata de dos vaqueros no calificados, nada de peluqueada, modisteada, maquilleada, diseñada, bailada artística, periodisteada, arquitectada, teatristada, clerigada o cocinada internacional.
3. Escenario. La acción no transcurre en una disco, un bar, la marcha del orgullo, ni en Zona Rosa, sino en las montañas y en puebluchos remotos.
4. Vocabulario. Ni perreos, ni joterías. Si algo les molesta se dan un par de madrazos, y ya estuvo.
5. Sentimientos. Los sentimientos están a flor de piel, pero se verbalizan apenas. Los gestos dicen más que las palabras.
6. Sociedad de Convivencia. A los protagonistas ni se les ocurriría ir al homociclo un 14 de febrero, ni se mandan tarjetitas de corazoncitos. El menor de sus problemas es acordar los detalles de la custodia de sus mascotas.
7. Corrección política. Carece de mensajes edificantes y políticamente correctos como ¡usa condón en el cuarto obscuro! Y no da consejos fáciles de cómo ligar o cómo discutir con tu pareja la decoración de la sala.
8. Sida.. No hay ninguna mención al gran sufrimiento que el sida nos trajo, ni encomios de nuestra gran valentía al afrontarlo. La trama acaba antes de que sonara la alarma de la epidemia. Pero se ve muy raro desde nuestra perspectiva actual.
9. Dinero rosa. No hay referencia alguna al presunto grandioso negocio que los gueis representaríamos. Ni trae anuncios de marcas de moda o de empresas 'gay friendly'.
10. Clausuras. En la única escena que se ubica en México no hay ninguna clausura arbitraria, ni extorsión policiaca visible. ¡No parece de este mundo! ¿Estaría dormida la Virginia Jaramillo de esa época y lugar?
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