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Tal como quedamos tras horas de chatear, llegué a su departamento casi a la 1 de la madrugada, me mordían las dudas, rodeé varias veces la cuadra, al mismo tiempo que deseaba el encuentro me remordía la inquietud de que corría peligroso frente a un desconocido, finalmente subí a su piso en un edificio departamental ubicado en un exclusivo desarrollo de la zona aristocrática de la Angelópolis, me dio mala espina, seguramente es uno de esos fresas apoblanados que son insufribles, pensé.
Apenas abrió la puerta me decepcioné. No era un fresa, tampoco guapo, era más bien un guarro menos varonil de lo que supuse por lo que me había dicho (no soy obvio eh). Creo que causé la misma impresión, esperaba un recibimiento más caluroso pues habíamos compartido una sesión de cibersexo, pero fue frío. Tal vez era la impresión causada por los mutuos nervios, o tal vez también estaba decepcionado por éste su ligue del chat.
Hablamos tonterías mientras bebíamos un horrible café, me causó bochorno verlo fachoso cuando yo me esmeré en el arreglo y hasta mi mejor colonia me puse en mis íntimos rincones (tonto, iba a un acostón, no a una fiesta), su cocina estaba hecha un lío y no se diga la recámara, a la cual me invitó tras decir “bueno, a lo que viniste”, no sé por qué me sentí un vil cortesano, recordé a Elliot Magren, el personaje del cuento “Páginas de un Diario Abandonado” de Gore Vidal, se supone que los dos éramos los calientes, no sólo yo.
Nos miramos paraditos al lado de la cama, de pronto me preguntó “qué te gusta, quién será el activo y quién el pasivo...”; “bueno, se supone que yo soy el activo”, protesté; “ah, sí claro, sí”, dijo él. Se desnudó y vi su pancita peluda, bajé la mirada y me topé con una visión del averno: una fimosis marca Príapo, piernas flacas nalgas escurridas. Este David era la antítesis del David virtual y de los parámetros que tengo de la belleza viril, por su foto es que acepté el encuentro con él. Ni modo, tiré mi trusa y me acosté en la cama pretendiendo esconderme para no decepcionarlo más, cerré los ojos y al abrirlos dijo “chin, acabo de recordar que no tengo condones”, eso lo tomé como un arrepentimiento al verme en traje de Adán. Propuso un 69 y como no queriendo -y antes de llegarle al amigo del fimosis- advertí el clásico aroma del sexo sucio casi putrefacto, pretexté una reciente cirugía bucal, “podríamos infectarnos”, inquirí.
Él me asía del pene con desgano intentando despertarlo de su letargo, de pronto me entró la angustia por el “no paraguas”, no insistió más. Traté de estimularme recordando al David del chat, seguramente él estaba en el mismo proceso mental. Me sentí hastiado y con ganas de marcharme. Pretexté estar cansado por el cibersexo de horas antes. Aparentemente no me escuchó, pues comentó que mi pene no se parecía al de la foto, después dijo haberse acordado que en el cajón de la cómoda tenía un condón y un sobre de lubricante. “¿Te lo pones o me lo pongo?”, preguntó; “me lo pongo yo”, dije aceptando el reto para acabar de una vez y poder irme, estaba un poco estimulado por lo menos para que el condón se deslizara sin hacerse nudo, “o sea, un hoyito es un hoyito” solemos pensar los activos. Eyacular fue tan mecánico que no lo sentí, fingí cansancio para cerrar los ojos y no ver cómo acaba un pene fimoso. Huelga decir el mal humor que provoca una mal cogida entre dos Pinochos.
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