5 DE SEPTIEMBRE DE 2005
"No me importa que me digan vieja decadente"
Con su nuevo libro de crónicas, "Adiós, mariquita linda", recién salido del horno, el escritor habla de sus preferencias amorosas, de su irresistible afición a la farra y del matrimonio gay.

Redacción Anodis

Ragap



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Lemebel durante la entrevista

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(lun.com/Jazmín Lolas).- Pedro Lemebel se aproxima al restaurante El Toro, ubicado en Loreto con Bellavista, con pasos cortos y veloces. Está vestido de negro, lleva un pañuelo en la cabeza -como es su costumbre- y en sus ojos a medio abrir se adivina una larga noche de juerga. "Estuve de farra con mis amigos, pero le puse pura chela, así que no me siento tan mal", cuenta.

A medida que compone la resaca con agua mineral, el escritor dice que, actualmente, está disfrutando del relajo posterior al estrés asociado al lanzamiento de su nuevo libro, "Adiós, mariquita linda".

Recién publicado por Editorial Sudamericana, el volumen contiene una treintena de crónicas en las que Lemebel -quien desde hace una década viene recreando a través de sus textos las historias de una parte del mundo homosexual chileno- relata candentes encuentros amorosos y ciertas salidas de madre estimuladas por el alcohol en algunos de sus viajes, entre otros temas.

"Estoy estigmatizado como escandaloso. A veces paso por aquí y no me acuerdo de qué escándalo he hecho la noche anterior", comenta.

-¿Estás estigmatizado o has sido escandaloso?

-No, he sido irresponsable y me encanta. Creo que soy intenso, porque los minutos son irrepetibles y lo que no hice en un momento ya no lo voy a hacer nunca. Tampoco me gustaría que se creyera que todo lo que escribo es textual. Hay situaciones que están magnificadas y otras que fueron mucho peores.

La falta de sueño tiene inquieto al ex integrante de Las Yeguas del Apocalipsis. Quiere irse apenas media hora después de haber llegado, porque está "cansada", como dice él, acostumbrado a hablar de sí mismo como si perteneciera al género femenino y al masculino a la vez. "Es que vivir aquí es terrible, aunque estoy cerca de todo y es un barrio popular", prosigue.

-Un barrio taquillero, mejor dicho.

-No, hija, popular.

-La gente que viene a comer a este restaurante no es muy popular que digamos.

-Pero yo vivo acá desde antes de que el sector se hiciera conocido.

-Bueno, ¿y por qué es tan terrible?

-Porque estoy más expuesto a los embates de la farra. Salgo a comprar cigarros y me encuentro con amigos que están tomando un copete. Ahí empieza todo.

-¿No te puedes resistir?

-Me cuesta mucho. Me cuesta mucho resistirme a la pasión y al placer.

-¿Te cuesta más resistirte a un whisky o a un pisco sour?

-A un whisky. Pisco sour tomo en Perú, no más, porque el pisco sour es peruano. Es maravilloso. La comida peruana es maravillosa, es una de las más sofisticadas del mundo. La comida chilena no tiene sofisticación de sabores. Debe ser porque siempre fuimos pobres. Tenemos guata de pan.

El escritor se ríe a carcajadas con su salida y luego afirma que en su nuevo libro abundan los excesos. "Hay más farra, más sexo y más lujuria que no sé qué. La gente va a decir: 'Este gallo pasó curado, no más'. Este libro es como para estrujarlo. Si lo estrujas, yo creo que sale copete", bromea.

-¿Pasas curado, como podría creer la gente?

-No es para tanto, no paso curada. No me daría el cuerpo ni la vida, pues, niña. Estaría con una cirrosis hepática tremenda. Lo que pasa es que los momentos que son intensos son intensos a morir. Te voy a hablar de las ventajas de este barrio, un barrio afectivo que me quiere y me cuida. A la vuelta hay una bomba de bencina y el otro día, cuando fui a comprar parafina para la estufa, el señor que la vende me dijo: "Oiga, don Pedro, lo vimos bien mal el otro día. Estaba tirado allá al frente". "¿Está seguro de que era yo?", le pregunté. "Sí, acá tenemos una pieza donde nos cambiamos ropa y pensábamos traerlo para que se mejorara un poco, pero pasaron unos amigos suyos y se lo llevaron", me contó. Te juro que yo no me acordaba.

-Era cierto que eras tú.

-Era cierto, ja, ja, ja. Imagínate, siempre estoy expuesta a los límites del deseo. El otro día fui a La Legua, no voy a decir a qué, enfermo de pasado, y me encontré con los pacos que estaban vigilando. Les grité de todo. Me miraban y se reían, no me dijeron nada.

-¿Te gusta que te digan don Pedro?

-No, pues. Es como cuando los cabros te dicen tío. "Tío, una monedita". Cuando me dicen "don" me ponen más años de los que tengo, al tiro me lanzan el viejazo. A veces la gente popular me dice "don" y lo entiendo como un gesto de cariño.

Aunque las historias de sus libros siempre ocurren en lugares y momentos familiares para el público chileno, Pedro Lemebel dice que la contingencia actual le interesa poco. "Creo que éste es un país muy plano, muy concertado, muy reconciliado. Yo no estoy reconciliada con nadie, me voy a ir con mis odios, mis amores y con mis desafíos artísticos y políticos", afirma.

-Ya es un lugar común encontrar que el país es plano.

-Bueno, tiene sus lugares interesantes, sus motivos de belleza social, que es lo que me enamora de esta ciudad y lo que me hace volver siempre a ella. "Por eso aún estoy en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente", como dice Juan Gabriel.

-"Para que tú al volver no encuentres nada extraño"...

-"Y sea como ayer y nunca más dejarnos"... Qué bello, parece un poema. Esta ciudad me produce las dos cosas: odio y una profunda relación de memoria. Hay lugares a los que siempre voy a volver y que deberían declararse patrimonio de la humanidad. A mí me da lo mismo que declaren patrimonio de la humanidad a Valparaíso. Yo declararía patrimonio de la humanidad a La Legua, a La Victoria y a mi Zanjón de la Aguada querido.

-¿En qué circunstancias te reconciliarías?

-Me faltan el juicio y el castigo. Y ahí veré. Y estoy hablando sólo de derechos humanos, no de la develación, por ejemplo, de la homosexualidad, de apuntar con el dedo a los que son homosexuales, que es un acto de soplonaje. Yo creo que las salidas del clóset deben ser voluntarias.

-¿Te refieres a ciertas intimidades que se han ventilado públicamente en el último tiempo?

-No voy a dar nombres ni voy a opinar, porque no me interesa la cocinería marica.

-¿Te interesa la aparente apertura del tema gay?

-Más que apertura, hay una mercantilización de lo gay. Yo me pregunto cuál es la eficacia política de eso, cuando sólo se acepta a los homosexuales esbeltos, musculosos, profesionales, bonitos, periodistillas, actorcillos, pero no a las locas de la población. También me lo pregunto con respecto a mí. A mí se me entrevista y se me acepta porque soy escritor. Entonces funciona ese mito y ese cliché de que todos los homosexuales somos artistas.

-Y sensibles.

-Claro, a las mujeres les pasa lo mismo. Es tramposa esta apertura. Tiene una trampa de frivolidad, porque es una manera de decir: "Este país, que es tolerante, que es triunfador económicamente y que está muy bien, ¿cómo no va a aceptar a los homosexuales?". A mí no me basta que alguien me diga que es homosexual para aceptarlo. Yo pregunto: "¿Y qué más? ¿Qué otra cosa eres tú?". Ahí comenzamos a hablar.

-¿Es importante el matrimonio como reivindación homosexual?

-Bueno, si los homosexuales quieren casarse, que lo hagan. Que se casen con el perro, si les da la gana. A mí me da lo mismo. Yo no soy loca de argolla. Soy más furtiva, más de amores lachos. Pero sí: estoy de acuerdo con el matrimonio gay, lo que no quiere decir que me postule a nupcias maricuecas, je, je.

-Parece que no estás tan de acuerdo, después de todo.

-No sé, tengo algunos resquemores. ¿Por qué reproducir precisamente el casamiento, con lo desprestigiado que está? ¿Por qué los homosexuales tienen que calcar las costumbres burguesas y conservadoras?

-¿No te ha seducido nunca la idea del amor perdurable, con hogar incluido?

-No, el amor no va conmigo, pues, niña. Yo vengo de una generación más progresista.

-¿Lo otro es reaccionario?

-Reaccionario y conservador. Para mí, no hay pasión en imaginarme en un departamento con una pareja colisa como yo, con un perro o con un pájaro. Me moriría de aburrimiento, se marchitaría mi pasión. Yo vengo de mayo del 68, del movimiento feminista, de los hippies, de las liberaciones sexuales, políticas y sociales.

-¿Y ahí no calza el amor?

-Es siútico hablar de amor: yo prefiero hablar de afectación. Creo que la gente se afecta, y de ahí se produce ese imán al que se le llama amor. Por eso en el libro los encuentros son tan furtivos. Los protagonistas se encuentran, se conocen, se gozan y se despiden. Siempre cuando encuentro a alguien que me interesa a la vez me estoy despidiendo. No tengo nada que ver con la idealización futurista de la vida. Es ahora y ya.

-En tus crónicas se ve que no te cuesta conquistar a mozalbetes en la flor de la vida.

-Esa chispa de inocencia me cautiva y me hace regresar a mi perdida pubertad. No pues, no me cuesta. A veces pienso que es por ser escritor que se me acercan.

-¿Lo piensas o lo sabes?

-En el momento del milagro de esos encuentros quiero no saberlo.

-Bueno, aun en esos casos ha surgido el romance.

-También. Le he sacado punta y filo a la fama pioja que tengo, me he pagado de esa manera con esta profesión rara que es escribir. Hay mucha gente que me ubica más como personaje que como escritor, porque ven a esta vieja loca con cara licenciosa y no se les arma el personaje. El escritor debe ser un señor que fuma pipa y usa ternos de lino blanco, a lo Hemingway.

-Pero esa es una imagen bien anticuada del escritor.

-A veces me dicen: "A usted lo ubico, ¿dónde lo he visto?, usted es actor". "No, soy maquillador", les respondo yo. Y me creen, porque ahí se les arma mejor el personaje. Bueno, de alguna manera eso es lo que hago: maquillar las letras.

-¿Cuánto te importa el deterioro físico?

-Ya no envejecí: me quedé pegada en la adolescencia, sujeta a los embates de la pasión juvenil. El cuerpo es el que envejece. Mientras no me envejezca la cabeza... A veces es un poco decadente, pero no me importa, porque yo trabajo con la decadencia. No me importa que me digan vieja decadente. Ya, me aburrí, me voy.

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