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Con la pornografía se ingresa, de pronto, en el templo de las Furias.
Eloy Urroz, “Herir tu fiera carne.”
El término pornografía procede del griego ‘porne’ (prostituta) y ‘graphía’ (descripción). Y era utilizado en tiempos pasados para la definir “la imagen visual de una prostituta o un acto de prostitución”. Siempre tomando como referencia a una mujer como objeto de satisfacción para un hombre.
A lo largo de la historia del hombre, el término pornografía ha sufrido muchas variaciones, y en la actualidad hay tantas y contradictorias definiciones, según sea el propósito de su descripción, la cual puede ir desde su exaltación y culto, hasta su rechazo y satanización.
Actualmente se entiende por pornografía a “todo material comercial de carácter explícitamente sexual, cuyo objetivo es provocar excitación”, o bien, “un conjunto de materiales que muestran órganos genitales o actos sexuales reales o simulados, que se exhiben y/o contemplan con una determinada actitud que, normalmente, tiene por objeto la masturbación o, al menos, la excitación de quien busca este tipo de materiales”.
La pornografía se manifiesta principalmente a través de tres medios: la literatura, el cine y la fotografía, aunque también admite representaciones a través de otros medios como la escultura, la pintura y el cómic. Todos ellos prácticamente rebasados con la aparición del Internet, en la década de los noventa.
La pornografía involucra libros, revistas, vídeos y accesorios, y se ha convertido, de la década de los setenta a la fecha, en una lucrativa y poderosa industria que, tan sólo en los Estados Unidos, llega a producir entre 12 y 15 billones de dólares anuales, según cifras calculadas el año 2003.
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