7 de julio de 2005
 Fuera del Clóset El pene, símbolo de poder y erotismo por excelencia Según la mitología, Eros es hijo de Afrodita y Cupido, de Venus. Ambas deidades masculinas simbolizaban para griegos y romanos respectivamente al amor, esencialmente en lo que se refiere a los impulsos sexuales humanos
Rafael Sánchez Zanella
|
|
Eros y Cupido son representados como jóvenes hermosos y bien dotados, pues fiel a su genotipo, el hombre vive desde remotos tiempos y de forma inmutable, bajo una cultura falocéntrica, bien lo explica Maggie Paley en “El Libro del Pene” (1), en el cual indica que desde el Neolítico el hombre le da una connotación divina a su miembro generador y es por ello que, por citar sólo una cultura, en Grecia, Príapo, Dionisios o Hermes eran dioses del pene, adorarlos daba fertilidad a las mujeres y buena suerte a los hombres, no sólo en la batalla que se libra en los lechos, también en la guerra con otros pueblos.
Órgano que no sólo representaba la posibilidad de procreación y de goce, sino que también estaba provisto de dotes mágicos, karmas divinos y poderes como amuleto, el pene es desde viejos tiempos adorado lo mismo por hombres que por mujeres, innumerables eran los ritos y festivales lúdicos para honrarlo y pedirle favores en todas las religiones primitivas y... modernas.
Es el pene símbolo de poder y erotismo por excelencia, desde atávicos ayeres hasta el moderno hoy fue y es protagonista de todo tipo de historias. No olvidemos las fiestas dionisiacas, las bacanales, las orgías de los viejos imperios europeos, ni tampoco las sacras fiestas fornicadoras que realizaba el papa Borgia en las santidades vaticanas donde se pisoteaba los Mandamientos de la Ley de Dios y de la “Santa Madre Iglesia”. ¿Qué decir de las locuras pervertidas de Nerón y Calígula en la Roma Imperial? O bien, ¿cuál era el objetivo del Kamasutra? Pareciera sacrilegio, pero en la misma Biblia en “El Cantar de los Cantares” supuestamente Dios mostraba la manera correcta en la que la mujer debía “conocer varón” en el sacrosanto tálamo nupcial. ¿Alguien ha leído enteritos los cuentos de “Las Mil y Una Noches” en la que Zcherezada le contaba al rey Schahzamán cuentitos picarones para que no la decapitara y que hoy serían clasificados como xxx?
Ese gustito por el pene acompaña a sus dueños en las evoluciones del transcurrir del tiempo, sin importar orientaciones ni definiciones sexuales y tal vez, remotamente, sirva como justificante a nuestro lúdico comportamiento y fragilidad lúbrica, la carne es débil pues y no sé por qué, pero los gays nos pintamos solos para la tarea de la líbido.
Los adoratorios fálicos poblanos
Cómo explicar, por ejemplo, la euforia que entre muchos causan los strepeers durante sus paseos por las pistas de Garotos y El Antro, o bien, en la barra del “Q Inns Erotic Lounge”. Son hombrotes que entre tanto músculo presumen centímetros de poder y grosor que ofrecen orgullosos al enardecido grupo de hombres que bailan dance, electro o pop, en tanto se proyecta en paredes filmes xxx donde los protagonistas no son rostros humanos, sino enormes penes que vacían sus testículos como mangueras de agua en bocas y posaderas de otros hombres. Vistos desde la semiótica, los videos expresan evidente o veladamente, según la agudeza de la conciencia o la pícara intención, la verdad de la frágil condición masculina: basamos nuestro valer y poder en el pene, no en las ideas, inteligencia o en la moralidad de nuestras acciones. Seguimos siendo atávicos adoradores del tótem fálico en pleno siglo XXI, e igual que en los despertares del tiempo, hoy entre tamborazos rítmicos, bebidas que enardecen y danzas, adoramos penes, en poco nos diferenciamos a los rituales iniciáticos de los pueblos africanos o de Oceanía.
Entre cerveza, tequila, ron o vodka y humo de cigarrillos, la lubricidad masculina se pasea cada fin de semana en los antros de ambiente gay poblanos que parecieran destinados al eterno “only for men”, donde las mujeres no importan, tampoco lesbianas ni las vestidas son esenciales, sino estrictamente hombres.
Gays o “tapadas”, hombres homosexuales pues, es el público que abunda en los antros del ambiente. Recuerdo especialmente el Q’Inss, semanas antes a su apertura lucía en la entrada el enorme cartel de su anterior nombre, “Divas”. En esos pasillos donde hoy se pasean vanidosos dionisios vergones y hermes nalgones vendiendo placer, decenios atrás deambulaban tetas, nalgas y verijas previa exposición de sus dueñas en los tubos de la pista, revolcándose en el piso como culebras entre sicodélicas luces, sacando lenguas incitadoras, acariciándose pechos con introitos masturbadores, quitándose tangas para que el machín público viera la carne que por kilo podría llevarse a la cama, o mínimo verla taibolear en las mesas mientras ellos vaciaban carteras, copas y ceniceros.
Este antro regresó a su antiguo oficio o vicio, volvió por sus fueros; sí, después de su resbalón como tabledance donde los hombres tocaban pelos de viejas, el “Divas”, hoy “Q Inns”, fue otrora el “Cherry’s”, legendario antro gay competencia del cholulteco “Keops” y que jamás mis pies pisaron, pero de los cuales he oído multitud de leyendas de todo color.
Lo que no ha cambiado es su vocación como templo donde hombres celebran ritos al erotismo para rendirse al sino natural de los genes, sólo que ahora estos hombres buscan erotizarse con sus iguales y no con el sexo contrario, no buscan vulvas, desean penes para adorarlos y comulgar con semen.
Por supuesto, no faltan sorprendidos bugas que en vez de ver a las antiguas taiboleras ven en la pista taiboleros, en vez de engolosinar ojos con tetas, chocan con vergas y no creo que culpen al exceso de alcohol, que puede hacernos ver elefantes rosas pero no, que yo sepa, falos, de lo contrario todos seríamos alcohólicos, ¿verdad?. Tal vez decepcionados, los machines se vayan a refugiar a “La Cosa”, el antro cercano una cuadra, donde acuden los bugas calientes a sus instantes de perdición trasnochada y de desgaste económico y hormonal.
Only for men, sí, exclusivo para hombres que desean erotizarse entre hombres, sus iguales compañeros solidarios en la lucha de la diversidad o en la fiesta lúdica existencial de la carne. Tanto tienes y me das, tanto gozas, ese es el lenguaje no oral de los streppers que se ofrecen en los antros gays, quienes apenas se dejan tocar por enloquecidos chicos arrebatados por el alcohol y de razón torpe, cuya única ambición en ese trozo de tiempo robado al reloj es probar esos trozos de carne aunque tengan que vaciar la cartera y si no se tienen pesos, se quedan con el peso de la pena de no probar el pene que se oferta.
Bacanal dionisiaca que al más espantado levanta y anima al menos a imaginar qué se haría con ese miembro ajeno. Que provoca no sólo deseos, erecciones y mojadas entre las piernas, sino envidias por no tener para sí lo que se ve en esos modernos machos donde reencarnaron Príapo, Dionisios y Hermes; paseadores de tables, exhibidores de músculos, tórax, brazos, pechos y nalgas perfectamente masculinas, centradores de su importancia y valer como seres en lo que portan en la ingle, órganos enormes que sobrepasan los estándares mexicanos del número 15. Ligados en la base para no perder erecciones parecieran no tener testículos, todos esos penes casi morados por el apretón de venas se ven unos derechitos que apuntan al cielo, otros chuecos que divagan de izquierda a derecha como serpientes de un ojo, algunos ven hacia el suelo rendidos por su peso sin dejar de lucir fenomenales. Alrededor de esos semidioses mortales -cuyo éxito es despertar deseos y vaciar carteras- otros mortales adoradores de miembros ajenos festejan esa belleza y cumplen hoy, con los ritos de la antigua adoración fálica.
Notas: 1. “El Libro del Pene”, Paley Maggie, editorial Planeta, 2003, extracto publicado en la revista “Conozca Más” número 168, diciembre 2003. |
Regresar a la página
anterior
P u b l i c i d a d
9435
|
 La cultura falocéntrica viene desde tiempos remotos
|