9 DE AGOSTO DE 2013
La homofobia en Rusia o el descubrimiento del agua tibia
El tema de la homofobia en Rusia se está saliendo de madre. Y no me refiero únicamente a las acciones de discriminación y violencia, sino también a cierta parte del activismo pro-gay internacional que, ha sacado el tema de toda proporción y contexto.

Alejandro Juárez Zepeda

Ragap



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El tema de la homofobia en Rusia se está saliendo de madre. Y no me refiero únicamente a las acciones de discriminación y violencia, tanto de la población como del gobierno rusos (de suma gravedad, totalmente indignantes, preocupantes y condenables), sino también a cierta parte del activismo pro-gay internacional que, desde un purismo inconsecuente, ha sacado el tema de toda proporción y contexto.

La “homofobia” (por usar la expresión más popular para referirse a la violencia y la discriminación de personas en función de su orientación sexual y/o identidad de género) no es un fenómeno nuevo, ni en Rusia ni en el mundo. En todos los países, incluso los más desarrollados, existe una parte de la sociedad que rechaza a las personas que se alejan del modelo heteronormativo, binario, propio de la sociedad patriarcal. Mientras en países como Holanda, España, Francia, Estados Unidos, Argentina, Uruguay o México, las personas homosexuales avanzan en el reconocimiento de sus derechos humanos y problemáticas específicas, en la mayoría de los árabes y los africanos, la situación pinta terriblemente para ellas. En dichas regiones existen normas y tradiciones que penalizan las prácticas homosexuales con la cárcel e incluso la muerte.

Pero una cosa es que la homofobia en Rusia se esté recrudeciendo en esta coyuntura y otra que estemos ante un revival nazi.

La semana pasada, el estupendo actor inglés Stephen Fry (quien interpretara a Oscar Wilde en una película biográfica), publicó una carta para el Comité Olímpico Internacional en la que acusa a Putin de “estar repitiendo el insano crimen” de Hitler en la Alemania nazi de 1936.

Recientemente, en Rusia, se aprobó una ley que multa hasta con 31,000 dólares a quien haga “propaganda homosexual” y a favor de las drogas (y otras cuestiones controvertidas). El mismísimo ícono gay, la cantante Madonna, ya fue multada por este concepto. También, ha habido golpizas y represión policíaca en las manifestaciones del “orgullo gay” y algunos otros atentados de gravedad en contra de personas homosexuales, a quienes se les ha secuestrado con señuelos, torturado y asesinado. Aunque, repetimos, la situación resulta grave y preocupante, no alcanza para afirmar que se trata de una política de exterminio como la que caracterizó al nacionalsocialismo alemán del Tercer Reich.

Al triunfo de la Revolución Socialista de 1917, Lenin suprimió inmediatamente dos leyes que dividían a la sociedad rusa: las que penalizaban el aborto (en contra de las mujeres) y la sodomía (en contra de los homosexuales). Fue Stalin quien las rehabilitó al asumir el poder. Entonces, regresaron la prisión y los trabajos forzados para los homosexuales. Esta ley se derogó en 1993, pero obviamente ya había causado estragos. En la actualidad, lo que vemos en Rusia es producto, en parte, de una política de persecución homosexual gestada en el stalinismo. Pero también es efecto de otras condiciones económicas y sociales.

Tras la Perestroika y la caída del régimen socialista, Rusia se vio envuelta en una crisis social y económica de gran calado. La desigualdad social se ha potenciado en estos últimos tiempos y el poder económico se ha concentrado en una oligarquía criminal que opera como la mafia. En este contexto, es frecuente encontrar casos de impunidad (por otra parte, nada raros para nosotros) en los que algunos juniors, manejando en estado de ebriedad sus autos de lujo, pueden atropellar a un civil pobre y quedar libres.

Hasta donde los medios han reportado, la homofobia en Rusia se concentra en casos muy desafortunados y condenables, pero no se trata de una política de exterminio basada en guetos, campos de concentración, trabajos forzados y hornos crematorios. No obstante, “la propaganda es una forma de comunicación que tiene como objetivo influir en la actitud de una comunidad respecto de alguna causa o posición, presentando solamente un lado o aspecto de un argumento. La propaganda es usualmente repetida y difundida en una amplia variedad de medios con el fin de obtener el resultado deseado en la actitud de la audiencia” (el mundo cambiaría positivamente si todos leyéramos la Wikipedia, estoy convencido). Por ello, señalamientos como el de Stephen Fry y otros, al equiparar la situación de los homosexuales en la Rusia del presente con la de los judíos en la Alemania nazi, no constituyen más que propaganda homosexual, en vez de un análisis serio, histórico y equilibrado de la situación.

Partiendo de un enfoque interseccional, el recrudecimiento de la homofobia en Rusia se relaciona con la crisis económica y la descomposición social imperantes. Frente a la vulnerabilidad experimentada por el grueso de la población en estos campos, los rusos se han refugiado en las seguridades de los roles de género y los valores tradicionales del catolicismo ortodoxo. O, cuando menos, eso afirma la profesora rusa de la Universidad de Richmond, Yvonne Howell, en una entrevista para The Atlantic. Así pues, si no se combate la desigualdad, la impunidad y la inseguridad, ello repercute en la homofobia.

Pero de ahí a que esto se convierta en una política de Estado antihomosexual, hay mucho trecho. Y ello depende también del rol que juegue la comunidad internacional (también como en el pasado). Así pues, son los Estados que tienen comercio y relaciones de distinto tipo con Rusia los que deben adoptar medidas de presión para revertir este clima de homofobia tolerada. Exijámosle también a nuestros gobiernos que cumplan con su parte.

Pero antes de arrojar la primera piedra, deberíamos asegurarnos de estar libres de pecado. El 6 de octubre de 1998, Matthew Shepard, homosexual de 22 años, fue torturado y asesinado en Colorado, EUA, a manos de dos jóvenes homofóbicos. El 19 de julio de 2005, los adolescentes Mahmoud Asgari y Ayaz Marhoni fueron ahorcados públicamente por el gobierno de Irán a consecuencia de haber mantenido relaciones homosexuales. En Chile, el 2 de marzo de 2012, Daniel Zamudio, de 24 años, homosexual, fue atacado por un grupo de personas identificadas con la “ideología neonazi”. Las heridas que le infligieron le causaron muerte cerebral y, posteriormente, la muerte física. Un año después, en Somalia, un adolescente de 18 años, Mohamed Ali Baashi, fue enterrado de medio cuerpo y lapidado hasta la muerte por practicar la sodomía. Varios homosexuales fueron agredidos en el contexto de la discusión y legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Francia, este primer semestre. A finales de julio pasado, el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, declaró que “nunca, nunca, nunca” respaldaría la homosexualidad en su país, en reacción a las muestras de apoyo a esta población expresadas por el Premio Nobel de la Paz sudafricano, Desmond Tutu, en el marco de una campaña internacional de las Naciones Unidas a favor del respeto a la diversidad sexual. Hace cuatro días, Jason Jacobs, homosexual de 37 años, fue atacado en Seattle, EUA, por un grupo de personas que le rompieron la nariz y le provocaron cortadas en la cara.

Víctor Carrancá Bourget, Procurador de Justicia del Estado de Puebla, en México, reveló que durante 2011 se produjeron 10 asesinatos contra homosexuales, transexuales y travestis de entre 26 y 63 años de edad, en aquella entidad. También fueron víctimas de la homofobia en México, recientemente, los activistas Quetzalcóatl Leija (su cráneo fue aporreado con una piedra a una cuadra del Palacio Municipal de Chilpancingo), Agnes Torres (presentaba quemaduras de cigarro, heridas y otras huellas de tortura) y Christian Sánchez (degollado en su departamento en Tlatelolco). En enero de este año, un homosexual fue asesinado a unas cuadras de la sede del Gobierno del Distrito Federal, por un altercado homofóbico.

Sin embargo, no todos estos eventos han movilizado la simpatía y la indignación de los defensores de la diversidad sexual. No ha habido marchas ni reuniones de protesta con los funcionarios y embajadores (todo lo contrario). Así pues, a los activistas por la diversidad sexual de México les queda muy bien aquello de ser “candil de la calle y oscuridad en su casa”.

Y esto se explica bastante porque la solidaridad internacional sirve para quedar bien y seguir abonando a un prestigio de luchadores sociales sin confrontarse jamás con el poder local, con el cual, en cambio, se negocian prebendas y condiciones de privilegio.

Por otra parte, hay llamados a boicotear el vodka ruso Stoli, que ha financiado algunas demostraciones de orgullo gay en el mundo, lo mismo que a sabotear los juegos olímpicos del próximo año en Sochi. No vimos una reacción semejante por parte de estos activistas en ocasión de los juegos de Beijing 2008, cuya situación de derechos humanos, también en materia de diversidad sexual, es mucho peor que la de Rusia.

Y no defiendo el recrudecimiento de la homofobia en Rusia. Simplemente creo que forma parte de su proceso histórico de liberación. También, es justo decir que la escalada de la homofobia institucional en aquel país ha tenido un efecto inesperado y muy positivo: fortalecer al movimiento de la diversidad sexual y de género local que, a diferencia de otros lados, es vanguardia de lucha social en estos momentos de crisis neoliberal.

Twitter: @abrevaciones
Fuente: La Silla Rota.

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