19 DE JULIO DE 2013
Nuevos activismos contra la discriminación
La lucha contra la discriminació debe ser una sola y darse de manera integral, aunque la discriminación se exprese de manera fragmentada hacia diversas poblaciones, colectivos y personas, por distintas causas y falsos motivos.

Redacción Anodis

Ragap



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Todos somos a la vez marginados y opresores

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El siglo XX asistió a la formulación de demandas sociales vinculadas a las nuevas identidades modernas y posmodernas. En este escenario, el movimiento LGBT logró la globalización de las suyas y la posibilidad de alcanzar algunos consensos a nivel internacional, que hicieron de este colectivo una apuesta de resistencia política en un contexto de globalización.

En este sentido, las disidencias sexuales y de género, fueron la reacción a un modelo sexual histórico (patriarcal/heteronormativo) que se encuentra en crisis. Ello derivó en el desarrollo de distintas políticas de identidad, entre las cuales se posicionó la llamada cultura gay. A través de ésta, la homosexualidad se convirtió en un producto de mercado orientado a las capas altas de la sociedad.

Las ‘políticas de identidad’ afirman la idea de que el simple hecho de sostener nuestra identidad es una forma de vencer la opresión. Sin embargo, esto nos aleja de la lucha colectiva.

Para aquellos que pueden darse el lujo, la escena gay puede ayudarlos a afirmar su identidad. Tener ciertos referentes culturales y prácticas sociales asociados al mainstream, como el clubbing, el shopping y la rendición ante los dictados de la moda y el mercado, pueden verse como actividades liberadoras, aunque por otra parte, son inaccesibles a la mayoría de los homosexuales. Las políticas de identidad, en el caso de la cultura gay, se han centrado en expandir la economía rosa, más que en desafiar la homofobia en el resto de la sociedad.

Una idea central de las políticas de identidad es que ‘lo personal es político’ (Millet), pero esto únicamente desliza la posibilidad de que los estilos de vida alternativos pudieran provocar algún cambio social de alcance limitado. Las políticas personales no desafían ni introducen transformaciones de fondo en el sistema, pues no se trata simplemente de una cuestión de estilos de vida alternativos o de empoderamiento mediante el consumo, sino de desafiar el orden social existente, que produce y alimenta la discriminación.

Paco Vidarte decía en su Ética Marica que “el poder no es una forma concreta de opresión, represión y control instantáneo, caso por caso. El poder que gobierna el sistema social es un tejido de micro-discriminaciones, micro-insultos, micro-explotaciones, micro-racismos que se engarzan unos con otros hasta hacerse un todo sólido y compacto que parece que nos aplasta desde arriba, desde alguna instancia anónima controlada por fuerzas ocultas.

“Todos somos a la vez marginados y opresores. Y ése es el núcleo del poder y de la fuerza del sistema social de dominación de unas minorías por otras, de unas mayorías por otras, de unas minorías por otras mayorías”.

Por ende, la lucha contra la discriminación (ya sea que adopte la forma de clasismo, racismo, misoginia, sexismo, homofobia, etc.) debe ser una sola y darse de manera integral, aunque la discriminación se exprese de manera fragmentada hacia diversas poblaciones, colectivos y personas, por distintas causas y falsos motivos (género, raza, posición social, orientación sexual, discapacidad física o psicosocial, edad, creencias, etc.).

En contraste, el activismo queer analiza simultáneamente discursos y relaciones de poder que crean, mantienen y refuerzan discriminaciones ante la diferencia de género y las sexualidades disidentes. Lo queer realiza una crítica a la propia constitución de las subjetividades, al pensarlas como producto y efecto de numerosas estructuras, prácticas de poder y discursos. Así, desplaza el foco de atención de la investigación fuera de un sujeto constituido de antemano hacia quien lo produce, para pensar en prácticas de subversión y anticontrol.

Otra herramienta que va ganando fuerza en las ciencias sociales para hacerse cargo de la situación, es el enfoque de interseccionalidad. Éste propone la posibilidad de efectuar un análisis de la discriminación mediante una disección multidimensional de las estructuras de poder operantes; es decir, tomando en consideración todas las categorías sociales sobre las que se cierne la opresión a través de los medios de comunicación, el sistema educativo, las leyes, la economía, el sistema político y la cultura en sí.

El enfoque de interseccionalidad postula que todas las formas de desigualdad están interconectadas y que la opresión se basa en un sistema elitista, sustentado en la idea de que algunas personas son superiores a otras y, por ende, merecen vivir en mejores condiciones. Así pues, lo otro siempre se enfrentará a la norma: lo femenino a lo masculino, las otras razas al hombre blanco, los pobres a los ricos, lo emocional a lo racional, etc. Estas dicotomías dividen a las personas y, las imágenes estereotipadas resultantes de esa división, justifican la persistencia de estructuras desiguales, de modo que, visto desde una postura normativa y jerarquizante, los otros pueden ser maltratados, denigrados y discriminados.

El replegamiento en espacios identitarios fue una forma de resistencia legítima en el pasado, pero el desarrollo de procesos políticos y mecanismos de inclusión social sobre la base de la igualdad jurídica que, no obstante, respeta las diferencias esenciales de cada persona, han modificado las dinámicas sociales, permitiéndonos convivir en la diversidad. Por ello, es necesario crear nuevas solidaridades, coincidir con otras luchas y adoptar nuevos activismos.

Por: Alejandro Juárez Zepeda
Twitter: @abrevaciones
Fuente: La Silla Rota.

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