27 DE MAYO DE 2013
El derecho de ser lesbiana
Cinco jóvenes lesbianas que estudian en la Preparatoria Mariano Narváez en Saltillo, fueron agredidas y amenazadas por ocho estudiantes, pero la escuela olvidó un principio educativo fundamental: el de la inclusión

Redacción Anodis

Ragap



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La semana pasada cinco alumnas lesbianas fueron agredidas

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El lunes de esta semana, un grupo de cinco muchachas que estudian en la Preparatoria Mariano Narváez fueron agredidas física y verbalmente porque decidieron asumir ante su comunidad que tienen preferencias sexuales diferentes a la mayoría, y se han dado permiso de mostrarlas en público. Ellas no se esconden y actúan en ese rol de género que cada vez tiene más seguidoras. Ellas se han asumido ante la mirada del mundo como lesbianas, lo cual no quiere decir otra cosa que escogieron para enamorarse a otra persona de su mismo sexo. La agresión no se inició ese día. Previamente les habían advertido por Facebook que iban a ser atacadas, porque las lesbianas y los gays –les dijeron- no merecen respeto y por ello las iban a molestar por diversión, porque daban asco y porque dada su condición no tenían derechos.

Fueron agredidas por ese grupo de ocho jóvenes a los cuales les había irritado no solamente la preferencia sexual de las muchachas, sino que manifestaran tal preferencia en público. Las acorralaron, las ofendieron por su aspecto y además las amenazaron con un bate de beisbol y una navaja, herramientas que sin duda eran los símbolos fálicos con los que tales jóvenes querían que las chicas cambiaran su preferencia de una vez por todas, motivándolas a volver al buen camino de la sexualidad convencional.

“Lo primero que hicimos –cuenta una de las víctimas- fue correr a la escuela y nos prohibieron la entrada, nos dijeron que no, y no pasamos de ahí de la puerta, nos quedamos atrás nada más, porque no pudimos entrar a los salones”. La exhibición de poder machista no fue suficiente para que las chicas quedaran calladas y aun cuando pidieron ayuda a la directora del plantel, ésta no hizo nada porque pensó que el incidente, una travesura estudiantil, no iba a llegar a mayores. Pero sí llegó, porque los jóvenes que amenazaban de muerte a sus enemigas, las lesbianas, estaban cometiendo un acto de odio violatorio de los derechos constitucionales de las afectadas, vulnerando su integridad, su seguridad personal y afectando su dignidad, discriminándolas y atropellando sus derechos humanos y las libertades fundamentales. Estaban incurriendo en un delito, porque realizaron acciones de maltrato físico y psicológico sobre personas que asumieron públicamente su preferencia sexual.

Y la escuela olvidó un principio educativo fundamental: el de inclusión, que evidentemente este plantel de la Universidad Autónoma de Coahuila no ha asumido como propio. En 1990 la UNESCO signó con todos sus países miembros (incluido México) la “Declaración Mundial de la Educación para Todos”, reconociendo la necesidad de suprimir la disparidad educativa, particularmente en grupos vulnerables a la discriminación y la exclusión, con el fin de aspirar al ideal de un mundo en el que todos los estudiantes tengan acceso garantizado a una educación de calidad. La escuela tiene la obligación de defender bajo cualquier circunstancia este principio fundamental, sin el cual no es posible hablar de calidad educativa. La educación inclusiva es modelo para la Educación para Todos, y aun cuando para la UNESCO, la educación inclusiva es la mejor solución para un sistema escolar que debe responder a las necesidades de todos sus alumnos, para ese plantel universitario no lo es.

Además, el acto fue evidentemente homofóbico. A esos viriles jóvenes posiblemente se les despertó un pánico homosexual que expresa justamente el miedo a ser, ellos mismos, homosexuales. La homofobia es una forma de discriminación, un problema social con un nivel de violencia tan intenso como el miedo que tienen los homofóbicos a convertirse en lo que aborrecen. Es la entrada para cometer crímenes de odio, que tanto daño han hecho a la humanidad a lo largo de su historia.

Pero independientemente de las razones por las cuales los jóvenes agredieron, el hecho mismo de la agresión es indignante. Porque, parafraseando a Voltaire, podremos no estar de acuerdo con la manera de ser de esas chicas, pero deberemos defender hasta sus últimas consecuencias su derecho a ser ellas mismas. Si ellas quieren ser así, nadie tiene el derecho de cambiarlas.

Por: Carlos Gutiérrez Montenegro
Fuente: Zócalo Saltillo.

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