16 DE ABRIL DE 2013
Y después del matrimonio, ¿qué?
El “matrimonio gay” (u “homosexual” o “igualitario” o “universal” o “entre personas del mismo sexo”) sigue representando una prioridad estratégica para el movimiento pro derechos LGBTIQ alrededor del mundo.

Alejandro Juárez Zepeda

Ragap



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Detrás del matrimonio igualitario existen otros intereses

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La semana pasada, la Suprema Corte de EUA celebró dos audiencias para determinar la validez constitucional de dos ordenamientos, uno federal, DOMA (Defense of Marriage Act), que prohíbe a la administración federal reconocer los matrimonios entre personas del mismo sexo; y otro local, Proposition 8, que prohíbe el matrimonio igualitario en California.

Además, el pasado miércoles, el Senado de Uruguay prácticamente aprobó el matrimonio homosexual en dicho país, con lo que se convierte, junto con Argentina, en el segundo de Latinoamérica en permitir, en todo su territorio, esta clase de contratos civiles.

Una campaña anticlimática

Al respecto de las audiencias en la Suprema Corte norteamericana, el periodista Jeffrey Tobbin, de la revista New Yorker, escribió: “esto es lo que recordaremos sobre la atmósfera en la Suprema Corte durante la discusión de los casos sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo: que no fue tremendamente memorable. [...] La razón de este ambiente tan apacible era tácita pero clara: todo el mundo sabe que el matrimonio entre personas del mismo sexo llegó para quedarse”. Por su parte, la revista Time, que con este motivo publicó dos portadas diferentes, una con un beso gay y otra con un beso lesbiano, señala en su editorial: “decida lo que decida el Tribunal Supremo, parece claro que la mayoría de los estadounidenses sienten que el matrimonio es un derecho civil y que negarlo a un grupo de personas con base en su orientación sexual es una violación del derecho a la igual protección de la ley”.

Las opiniones anteriores se suman a lo que ya resulta evidente: el reconocimiento del derecho al matrimonio a las parejas homosexuales es una batalla moralmente ganada en términos universales. En los distintos lugares donde todavía no es legal pero cuenta con una opinión pública favorable, sigue avanzando dentro de los cauces de la normalidad democrática. Ya no enciende pasiones que se salen de madre, en virtud de una tendencia generalizada e irreversible a su favor. Sólo es cuestión de tiempo para que termine por imponerse.

El fin de la historia

No obstante su importancia estratégica en la lucha por la igualdad de derechos para todas las personas, pareciera que la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo en el mundo “democrático” actualizara la tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia: una vez ganado este derecho, el movimiento LGBTIQ puede disolverse en una cómoda y completa asimilación al sistema económico, político y social establecido; una vez conquistada la igualdad legal por la vía del matrimonio universal, no subsisten ni se sostienen otras reivindicaciones y demandas específicas o extendidas. Abierta la puerta a la obtención, de este modo (heteronormativo), de la seguridad social, el derecho a heredar y a otras prestaciones, de la oportunidad de adoptar niños o lograr la paternidad por medios artificiales, no existe razón por la cual no podamos abrazar sin mayores reservas la democracia liberal y el neoliberalismo económico. El movimiento LGBTIQ no tiene razón de existir en términos políticos si a sus miembros más prominentes se les acepta e incorpora al paradigma patriarcal y dicotómico, si se les deja ser tantito, expresar su afecto (pero con discreción y buen gusto), si se les permite tener una pareja de su mismo sexo y una familia “diversa”, pero basada en valores tradicionales, tener hijos, y, en suma, vivir una vida dentro de los parámetros de lo que resulta plausible y digno de esperar para el status quo, para la normalidad moral, social y cultural.

Lo que habría que preguntarse, ahora, es si todas las identidades homosexuales, si las expresiones trans o queer, caben en este nuevo modelo de lo gay, recién aceptado socialmente. Y si la respuesta es no, tal vez hayamos entendido la razón por la cual los activistas de Human Rights Campaign (HRC) decidieron invisibilizar a las personas trans en las protestas de la semana pasada frente a la Suprema Corte estadounidense, pidiéndoles que bajaran sus banderas y pancartas: ellas no forman parte de esta nueva normalidad cultural.

Ha llegado el momento de que se vuelva regla general lo que Paco Vidarte, profesor de filosofía queer, profetizaba hace seis años: “las lesbianas y gays están cómodamente instaladas en el ‘nosotros los demócratas ricos de occidente’ y no están dispuestas a ampliar su lealtad más allá de lo que significa despenalizar la homosexualidad y conseguirse una mínima protección legal. Y por lo demás, que se hunda el mundo”. Luego, se pregunta: “¿constituye justificación suficiente el hecho de ser gay para no tener que asumir más responsabilidades con la sociedad ni con otro tipo de injusticias que nada tienen que ver con la homofobia?”. Y se contesta: “la lucha contra la homofobia no puede darse aisladamente haciendo abstracción del resto de injusticias sociales y de discriminaciones, sino que la lucha contra la homofobia sólo es posible y realmente eficaz dentro de una constelación de luchas conjuntas solidarias en contra de cualquier forma de opresión, marginación, persecución y discriminación”.

Lo cierto es que, además de una relativa sinceridad en la lucha por la igualdad y la no discriminación, detrás del matrimonio igualitario existen otros intereses, principalmente económicos. No es de extrañar que más de cien empresas en EUA se hayan manifestado a favor del reconocimiento de este derecho. ¡Y qué empresas!: Starbucks, JC Penney, Target, Oreo, es decir, aquellas entidades que representan un estilo de vida determinado, acomodado, pudiente, que se identifica con y respeta las reglas de la economía de mercado: el consumo y el desecho irracional e incontenible en un marco de egoísmo e indiferencia social atroces. No por nada Apple, Facebook, Google, Morgan Stanley, Nike, Verizon y Levi Strauss & Co., entre otras, han llamado a los derechos de las parejas LGBTIQ, “un imperativo de negocios” y han firmado un manifiesto en su defensa.

En realidad, detrás de la lucha por el matrimonio gay hay una revolución burguesa encubierta que ha dejado de lado temas mucho más importantes y sustantivos.

Neocolonialismo gay

Desde que el movimiento LGBTIQ decidió adoptar el matrimonio gay como eje estratégico por encima de todas las demás causas, vive en un trance de “desempoderamiento generalizado y desactivación política”. En palabras de Paco Vidarte, entró en una fase de “organizaciones subvencionadas por el Estado y sometidas a su control; usurpación de los espacios de libertad por políticas asistenciales de contención, demonización y persecución policial de cualquier grupo libertario que inmediatamente se tacha de radical, si no de violento o antisistema; utilización monopolizadora del significante democracia para anular el más mínimo atisbo de sociedad civil; secuestro del significante libertad para implantar políticas represivas centralistas y mantenedoras de desequilibrio social y de los privilegios legales de mayorías oligárquicas, sexuales, religiosas”.

De hoy en adelante, la agenda imperialista LGBTIQ la dictan las grandes agencias rosas, “internacionales” o gringas, ILGA o HRC, del mismo modo que el FMI y la OCDE, dictan las políticas económicas a los Estados subdesarrollados. Y si resulta que el matrimonio debe ser la prioridad, por razones que cada vez más se evidencian como económicas, pues esa tendrá que ser la lucha en todos lados, incluyendo Latinoamérica, independientemente de que un informe a la Asamblea General del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre Leyes y Prácticas Discriminatorias y Actos de Violencia cometidos contra Personas por su Orientación Sexual e Identidad de Género, de noviembre de 2011, consigne, por ejemplo, que durante un período de 18 meses, en Honduras, al menos 31 personas pertenecientes a este colectivo fueran asesinadas.

Por ello, no es de sorprender que, ante un asunto más bien local e intrascendente (en virtud de que no se resolvería de momento), los facebooks de todo el mundo se hayan vestido con el signo de “igual” en color rojo, que promueve HRC, apenas unos días después de que en Somalia, un adolescente de 18 años, Mohamed Ali Baashi, fuera enterrado de medio cuerpo y lapidado hasta la muerte por practicar la “sodomía” (hecho ya confirmado por The Huffington Post y la agencia AP), con lo que quedan refrendadas las prioridades del movimiento LGBTIQ a nivel global y hacia dónde se dirige el poder de su propaganda. El hecho violento y atroz de referencia fue poco difundido y totalmente eclipsado por las audiencias de la Suprema Corte norteamericana, que poca novedad aportan tanto al debate como a la situación legal de hecho, toda vez que las resoluciones se mantienen en curso, y su resultado, si no ahora, eventualmente será el esperado por la comunidad gay y el capital que mira en ella, más que otra cosa, a un apetecible objetivo de mercado.

Realidades sobre percepciones

La lucha por los derechos de las personas LGBTIQ está llena de contrastes y diferencias alrededor del mundo. Mientras que algunos países de América y Europa avanzan en el reconocimiento de derechos como el matrimonio para las parejas homosexuales, en otras partes de estos mismos continentes y otros lugares, como Medio Oriente y África, la homofobia en sus diversas modalidades y los crímenes de odio son el pan de cada día.

El primer país que aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo fue Holanda, en 2001; sin embargo, pese al grado de desarrollo democrático y cultural del país, en fechas recientes se ha registrado una tendencia regresiva que involucra algunos crímenes de odio por homofobia. En Islandia, la Primera Ministra, Jóhanna Sigurðardóttir, es lesbiana. Suecia, Canadá y España son algunos otros oasis para ser LGBTIQ, con leyes y políticas públicas que favorecen a las personas de este colectivo.

En contraste con lo anterior, en 30 países de África la homosexualidad es un delito. Para muestra, un botón: en 2011, el parlamento de Uganda discutía una ley que castigaba la homosexualidad con la pena de muerte e imponía penas severas también a quienes tuvieran conocimiento de este tipo de actos y no los denunciaran a las autoridades. Dicha ley fue frenada en gran medida debido a la presión internacional. No obstante, las relaciones homosexuales siguen prohibidas en su constitución, son castigadas con una pena de hasta 14 años de prisión, y son numerosos los asesinatos de activistas que defienden la diversidad sexual en dicho país.

En el mismo caso se encuentran los países islámicos que se rigen por la Sharia, como Arabia Saudita o Irán, que penalizan duramente las relaciones homosexuales. En el caso de Irán, se llegó al extremo, en 2007, de que su presidente, Mahmud Ahmadineyad, llegara a afirmar que en su país no existía tal cosa como la homosexualidad. No obstante, entre 1979 y 1990, se registraron poco más de 100 ejecuciones relacionadas con este tema.

Llama también la atención el caso de Jamaica, en que la homofobia no formaba parte de la cultura originaria y se volvió un producto de exportación a cargo de colonizadores británicos y misioneros cristianos, que ahora está presente incluso en su manifestación cultural más famosa: el reggae.

Así pues, es posible concluir que pretender medir el avance de los derechos del colectivo LGBTIQ y la disminución de la homofobia usando como parámetro la existencia legal (o no) de matrimonio gay en un lugar determinado, es tanto como dejarse llevar por las percepciones más que por las realidades, y andar sobre un camino resbaladizo. La homofobia ha sabido resistir con agilidad y destreza a todos los intentos por desterrarla o invisibilizarla mediante la prohibición, o sea por la vía de equiparar las uniones homosexuales a las heterosexuales a través del matrimonio, o prohibiendo la discriminación en forma de palabras ofensivas, estereotipos y demás representaciones de los imaginarios.

Hasta por la Iglesia

El otro día, un querido colega, también activista por la disidencia sexual, Emmanuel Álvarez Brunel, me transmitía un mensaje de honda preocupación: “Güey, tenemos que hacer algo: ahora los gays ya se están casando hasta por la Iglesia. Eso sí debería preocuparnos”. De ese tamaño se ha vuelto la incongruencia del colectivo LGBTQI en su afán por alcanzar la normalización y asimilarse al canon moral y social: homosexuales, sí, pero domesticados, “bien nacidos” y bien portados, formados en los valores judeocristianos, simpáticos y exitosos, fieles y emparejados (o en busca del amor “para siempre”), de ambiente familiar, rodeados de niños (para nuestro consumo emocional), sin rollos (ni dramas, ni intensidades), sin marginaciones y estigmas adicionales, sin pobreza, sin drogas, sin violencia, buena ondita y buen rollito, pagando impuestos y aspirando al éxito material y social. O, como diría otra vez P. Vidarte: “las maricas ricas, poderosas, temerosas del pueblo, ansiosas de integrarse, han roto los vínculos de solidaridad con las demás maricas, con las que ya no quieren tener nada que ver, nada las une a ellas: la clase, el estatus, el dinero priman por encima de la solidaridad de las maricas entre sí”.

Muy bien, pero ¿cuántos homosexuales pueden actualizarse en este arquetipo? ¿Cuántos podrían acceder a él en virtud de las condiciones socioeconómicas imperantes y, más todavía, cuántos quisieran acceder libremente a él, si pudieran? ¿No es acaso ser homosexual también una posición identitaria para cuestionar el orden establecido y, desde ahí, instituciones como el matrimonio, que permiten al Estado inmiscuirse y regular el ámbito privado? ¿No se trata también de ensayar otras formas de relación, en palabras de Vidarte, “uniones de amor y sexo o sólo de amistad; o de amor sin sexo, de cariño y sexo sin amor; compromisos íntimos o públicamente provocativos; para toda una vida —en ocasiones bien breve— o fugaces, pero igualmente intensos…”? Y, en ese caso, ¿la lucha por la seguridad social y las prestaciones, por la paternidad y el derecho a heredar, no habría que situarla más allá de la pareja, más allá del matrimonio, y hacerla asequible a todas las personas y formas de relación, independientemente de la orientación sexual y/o la identidad de género?

Ya es hora de empezar a superar el tema del matrimonio gay como eje rector de la política de lucha del movimiento LGBTIQ y recuperar temas de fondo, como la no discriminación, el combate a la homofobia y los crímenes de odio, y la legitimación de formas distintas de relación y familia. Es tiempo de volver a sentar las raíces de nuestra lucha en el derecho a la diversidad y la libertad, a través de la solidaridad y la ética.

Por: Alejandro Juárez Zepeda.
Fuente: La Silla Rota.

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