14 DE FEBRERO DE 2013
El fanatismo religioso en Rusia y la lucha por los derechos LGBT
Analistas políticos atribuyen el fenómeno de radicalismo religioso en Rusia al intento, por parte de las autoridades, de recuperar la legitimidad recurriendo a valores conservadores en un país donde el 74% de los ciudadanos se identifican como ortodoxos.

Redacción Anodis

Ragap



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El gobierno y la Duma esperan obtener una mayor popularidad

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Es un hombre joven y delgado, de rasgos afilados y barba oscura. Es profundamente religioso y conservador, y está a favor de todos los preceptos derivados de los valores tradicionales cristianos: la Iglesia, la familia y Dios. Está en contra del aborto y la homosexualidad, y se opone a la enseñanza de la evolución en las escuelas.

“Es una locura pensar que el mundo surgió hace miles de millones de años”, dijo al diario Moskovskiye Novosti en septiembre. “Este universo se creó un 1 de marzo de hace 7.521 años, en domingo”.

Dmitri Tsorionov, que se presenta también con el apellido Enteo, forma parte de una nueva y creciente generación de activistas ortodoxos rusos que, en el último año, han pasado de ser un grupo marginal y con frecuencia ridiculizado a alcanzar gran notoriedad pública.

Los analistas políticos atribuyen este fenómeno principalmente a los intentos por parte de las autoridades de recuperar legitimidad, para lo que recurren con frecuencia a valores conservadores en un país donde el 74 por ciento de los ciudadanos se identifican a sí mismos como ortodoxos rusos, según una encuesta realizada en diciembre de 2012 por el Levada Center, la agencia de encuestas independiente rusa.

“En este momento, el gobierno y la Duma (o los círculos políticos rusos en general) no son muy populares. Esperan obtener una mayor popularidad y respeto mediante un acercamiento a la iglesia”, indica Alexéi Malashenko, un analista del Carnegie Moscow Center.

Una lucha por la luz

En el último año, Rusia ha sido el escenario de varios tumultos políticos rodeados de polémica que han captado la atención a nivel internacional: el juicio a las integrantes del grupo Pussy Riot, la prohibición de adopciones a estadounidenses y, ahora, una propuesta legislativa que pretende criminalizar la distribución de propaganda homosexual a menores. En cada uno de estos acontecimientos, los activistas ortodoxos se han lanzado al frente para defender sus creencias (en ocasiones haciendo uso de la fuerza).

“Algunos poderes anticristianos del oeste no desean que nuestro país gane fuerza”, afirma Enteo a The Moscow News. “Se está financiando con fondos extranjeros un grave juego geopolítico entre Rusia y el mundo occidental, el cual intenta destruir nuestra fuerza espiritual y acabar con la voluntad de nuestra gente. Estamos luchando por la luz”.

Igor Miroshnichenko, uno de los jefes adjuntos de los “Portadores de la bandera ortodoxa” (grupo ultraconservador que defiende los valores ortodoxos), está de acuerdo con que se está librando una batalla espiritual en Rusia.

“Hemos adoptado una posición de defensa personal. Debemos luchar contra aquellos valores no rusos, no tradicionales, que se nos pretenden imponer”, dijo Miroshnichenko a The Moscow News.

Recientemente, la estrategia de defensa personal de este grupo incluyó el ataque con huevos, ketchup y puñetazos a unos activistas por los derechos de los homosexuales que se manifestaban delante de la Duma del Estado. Los miembros del grupo LGBT al que atacaron se estaban besando en protesta por la ley contra la propaganda homosexual, que fue aprobada el 25 de enero tras una primera lectura.

Pero esto no es todo. El año pasado, los activistas ortodoxos iniciaron una protesta contra el logotipo de Apple por considerar que la manzana mordida promueve el pecado original; y solicitaron la prohibición de Facebook en Rusia a causa de los iconos chico-chico y chica-chica que aparecen en los perfiles de usuarios identificados como matrimonios del mismo sexo.

“Aires de fascismo”

El aumento de grupos ultraconservadores ha provocado una división en la Iglesia Ortodoxa Rusa. Los líderes del patriarcado de Moscú guardan silencio o asienten en señal de aprobación, mientras que otros sacerdotes arremeten contra los radicales.

Cuando el año pasado algunos miembros de los “Portadores de la bandera” (activistas que se manifiestan en público con camisetas negras y calaveras gritando la frase “ortodoxia o muerte”) quemaron en público una fotografía de Madonna, el sacerdote ortodoxo Alexéi Uminski condenó su “estupidez”.

“Esto (la quema de la fotografía) recuerda al fuego de la Inquisición, de los fascistas. Es una demostración de pensamiento patológico que debería tratar algún psicólogo”, comentó Uminski a los periodistas.

A pesar de que muchas de sus manifestaciones parecen ser simples maniobras publicitarias, el Kremlin cada vez alinea más su política con las exigencias de los activistas ortodoxos.
Tres integrantes del grupo de rock Pussy Riot, que protestaron por la estrecha relación existente entre la Iglesia y el Estado cantando una oración punk en una catedral de Moscú el año pasado, fueron condenadas inicialmente a dos años de prisión en un campo de trabajo por sus acciones “sacrílegas y blasfemas” que “ofendieron la sensibilidad de los creyentes ortodoxos”, de acuerdo con la sentencia de la juez Marina Sirova.

La nueva ley contra la propaganda homosexual, cuya segunda lectura se celebrará en primavera, parece tener altas probabilidades de ser aprobada (a pesar del fracaso de otras propuestas de ley similares presentadas por los diputados de la Duma en la última década).

Una relación que beneficia a ambas partes

Desde su reelección en marzo de 2012, las calificaciones del presidente Vladímir Putin han caído drásticamente. El Levada Center informó este mes de que sus tasas de popularidad están a un nivel de hace 12 años, con un 62 por ciento de rusos que aprueban el desempeño de su trabajo. En trimestres anteriores, Putin contaba con un grado estable de aprobación superior al 70 por ciento, a veces incluso al 80 por ciento.

El director del Levada Center, Lev Gudkov, lo atribuye a la creciente tendencia de “pérdida de legitimidad de las autoridades”.

Según Malashenko, un analista de Carnegie, los activistas ortodoxos y el Kremlin son conscientes de que pueden reforzar mutuamente su popularidad. Para los activistas, una alianza con el gobierno les permite demostrar “lo poderosos que pueden llegar a ser”. En cuanto a las élites políticas, consideran que la “cooperación con la Iglesia puede aportar legitimidad adicional al sistema”, según afirma Malashenko.

Separación oficial, alianza extraoficial

De acuerdo con su Constitución, Rusia es un Estado secular. Los rusos, en teoría, parecen estar de acuerdo: una encuesta de agosto de 2012, realizada por la agencia de encuestas estatal VTsIOM, descubrió que el 74 por ciento de los encuestados prefieren que la Iglesia se mantenga apartada de la política.

Esta división, sin embargo, es pura fantasía, asegura Malashenko. “Tradicionalmente la Iglesia ortodoxa siempre ha participado en los asuntos de política. No me imagino una separación”.
No obstante, parece que aún queda una pequeña brecha entre la Iglesia y el Estado (el espacio para Jesús, como dice la expresión). El aborto, por ejemplo, uno de los clásicos objetivos de los activistas religiosos, sigue siendo legal en Rusia.

Pero para bien o para mal, ambas instituciones estarán vinculadas por mucho tiempo.
“En cuanto a objetivos y tendencias, la conexión entre Iglesia y gobierno no deja de crecer”, dice Miroshnichenko, miembro de los “Portadores de la bandera”. “Gracias a Dios, gracias a Dios. He oído que en Europa la Iglesia y el gobierno están separados. Esperamos que aquí la tendencia sea la opuesta”.


Por Kristen Blyth, (The Moscow News)
Fuente: Rusia Hoy.

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