20 DE DICIEMBRE DE 2012
Género y sexualidades diversas: Más allá de lo políticamente correcto
El género y la diversidad sexual, no ha sido otro que enfocar la problemática desde el marco de los derechos humanos, donde se observa la exclusión y la violencia contra las minorías sexuales; y resulta claro que el problema es complejo.

Redacción Anodis

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La sexualidad humana no se restringe sólo a lo biólogico

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Por: Jaime Rochín del Rincón

Nuestro acercamiento al tema de la «diversidad», nos lleva reflexionar sobre el tema del cuerpo y la diferencia, lo heterogéneo que implica la condición humana. Porque pensar lo diverso es pensar en lo múltiple, en las infinitas diferencias que puede encontrarse entre las características humanas, cualquiera que éstas sean. El ámbito de la sexualidad no es un tema menor, marginal o exclusivamente privado —reducido al interior del espacio doméstico―, sino que es un tema permeado por distintas dimensiones sociales, históricas y culturales. Buscamos entonces, exponer en los comentarios sucesivos algunas consideraciones sobre “la diversidad” en términos de la sexualidad y el género, asumiendo que estas categorías nombran una realidad que si bien es determinada biológicamente, también lo es en un sentido histórico, y eso implica por lo tanto, asumir su condición cambiante.

La sexualidad es una amplia realidad humana que no responde únicamente a cierta condición biológica e identitaria, es decir, a la nominación del sexo por la diferenciación entre hombre y mujer, clasificación de la que hemos aprendido a esperar una correspondencia “lógica” con respecto a determinados órganos del cuerpo y en función de ciertos comportamientos particulares. ¿Qué estamos diciendo? Que la nominación sexual de hombre y mujer supone no sólo una categoría de orden biológico, sino también una dimensión social; y es justo esta condición social del hecho sexual, lo que ha dado paso a la introducción del concepto de género, el cuál nos sirve para entender las manifestaciones socio-culturales que adoptan los cuerpos a partir de su asignación como hombres o como mujeres. Así, se asume que la masculinidad, la hombría, la virilidad, son categorías que designan la experiencia de tener un cuerpo biológicamente “macho”, en contraparte, se asocia la femenidad, la pasión por lo sensible y la fertilidad como hechos asociados con la realidad de los cuerpos “hembra”. Es posible entonces, hablar de un sistema sexo-género, que sería el entramado social a través del cual, se le asignan ciertos roles a cada tipo de cuerpo en función de sus genitales, su apariencia física, su identidad sexual en suma. Se espera entonces, que los hombres se comporten como “hombres” y las mujeres como “mujeres”, siendo este, un sistema que tiende a establecer hegemonía, por lo que toda “desviación” a la norma es motivo de sospecha, exclusión y violencia. Este sistema es además, de un orden androcéntrico, lo cual quiere decir que la figura del hombre-macho-varón es idealizada y privilegiada en contraste con la figura de la mujer-femenina-hembra, que es significada en oposición con el primero y demeritada en su condición. El fenómeno histórico del machismo en México es una clara expresión socio-cultural de este sistema sexo-género de tipo androcéntrico.

Sin embargo, hemos advertido con anterioridad que la sexualidad humana no se restringe únicamente a lo biólogico —incluyendo la posibilidad reproductiva―, ni a la condición de identidad que esta supone; el ámbito de la sexualidad implica también, un medio para materializar nuestros afectos, un vehículo a través del cual proyectamos mucho de nuestro ser social, que es también un ser de deseos y de goce. Es importante observar que mencionar esta realidad del hecho sexual no implica validar todo tipo de satistacciones y manifestaciones posibles, pero tampoco de cancelar su posibilidad al suponer una única sexualidad “limpia”, “normal” o “saludable”; pues ambas —la posibilidad de deseo y goce― son trayectorias del impulso sexual que le dan sentido y vitalidad a nuestras experiencias afectivas y pasionales. Y son justo estas pulsiones, las que generan el vínculo con los otros, las personas con quienes decidimos compartir nuestra intimidad. En el mundo moderno occidental, se suele pensar que “lo íntimo” le pertenece exclusivamente al espacio privado, doméstico, sin embargo, lo cierto es que hoy en día el medio social exterior ejerce una fuerte presión sobre este ámbito, por lo que nuestras elecciones y preferencias son en gran parte condicionadas por este sistema sexo-género que ya hemos mencionado, y que encuentra muchas de sus expresiones en las instituciones del Estado, pero también en los medios de comunicación. La heterosexualidad, es decir, el afecto y atracción por personas del sexo opuesto, es no sólo la orientación, sino el contrato social hegemónico instituido en el mundo occidental; estadísticamente aglutina a la mayoritaria de la población, pero no es la única expresión posible para los afectos y la sexualidad, existen múltiples y distintas variaciones que complican la supuesta coherencia lógica del sistema sexo-género, incluyendo su primacía heterosexual; así:

Las sociedades occidentales modernas sitúan los actos sexuales según un sistema jerárquico de valor. En el círculo mágico de la sexualidad buena, normal, natural y sagrada se encuentran la heterosexual, monógama, reproductiva y no comercial. Se da igualmente en pareja, en una relación afectiva, entre miembros de una misma generación, clase, raza y en el hogar. Rechaza el uso de la pornografía, objetos fetichistas y cualquier otro rol que no sea el de macho y hembra. Todo sexo que salga de estas fronteras es malo, anormal o antinatural. En el territorio de lo malo se encuentra el sexo homosexual, promiscuo, no procreador, por intercambio de dinero o situado fuera del matrimonio. (Fonseca Hernández, 2006:22)

Leyendo la extensa cita, observamos la existencia de una serie de prácticas eróticas y sexuales que complican nuestro panorama anterior, que ya no se limita entonces a la norma heterosexual (monogámica y reproductiva), sino que se extiende de múltiples maneras hasta abarcar una gran cantidad de expresiones, muchas de las cuales, ponen en cuestión los valores y presupuestos de las instituciones dentro del sistema hegemónico de sexo-género y su estructura androcéntrica. Un problema con la descripción que arriba transcribimos, es que nos ofrece un esquema de la sexualidad “buena” y “mala” en un marco idealizadamente dicotómico y excluyente, que tiende a omitir posibles matices y variaciones; por lo que conviene precisar la lógica argumentativa con la que el autor continua su exposición:

La jerarquía sexual traza una frontera imaginaria entre el sexo bueno y malo. La mayoría de los discursos sobre la sexualidad, ya sean religiosos, psiquiátricos o políticos restringen a una terriorialidad muy pequeña la capacidad sexual y humana y le conceden una serie de atributos señalando que debe ser madura, saludable, buena, legal, segura o políticamente correcta. La frontera que separa esta territorialidad del resto de los comportamientos eróticos, los considera peligrosos, infantiles, enfermizos, legalmente condenables o malignos. (Fonseca Hernández, 2006:22-23)

Observamos entones que esta jerarquía es marcada por un límite, una frontera administrada por las instituciones (médicas, jurídicas, pedagógicas, etcétera) que no se encuentra fija, dada de una vez y para siempre, sino que es parte de un proceso de negociación y regulación, un estira y afloja a través del cual ciertas prácticas son privilegiadas en demérito de otras (descalificadas por corruptas, inmorales, sucias). Sin embargo, debemos considerar que este límite es además, una barrera que en los hechos resulta bastante permeable, por el que es común observar una serie de variaciones heterogéneas que pueden participar simultáneamente de ambas sexualidades (la aceptable, respetable y políticamente correcta, con aquella periférica, marginal o disidente), por lo que no debemos reducir nuestro análisis sobre la diversidad de sexualidades a un sólo marco explicativo, restringido únicamente a la sexualidad “buena” y “mala”, las que además, no son sino categorías móviles, determinadas según las características y condiciónes éticas y morales de cada sociedad.

Conviene recordar la dimensión histórica de la sexualidad que ya antes mencionábamos, sobre todo para no caer en el pensamiento esencialista de que existe una única sexualidad normal, dada por la naturaleza, pues independientemente de la condición reproductiva, la sexualidad y los roles de género son realidades cambiantes con la cultura de las sociedades; pensemos por ejemplo en la Antiguedad Helénica, donde las relaciones homosexuales mantenidas entre un hombre mayor y un hombre joven no sólo eran una realidad tolerada, sino aceptada e instituida socialmente —tanto en el medio político como en el militar―, situación que de hecho convivía, en la mayoría de las ocasiones, con el mantenimiento de un matrimonio y una familia heterosexual. Y sin embargo, ambas categorías resultan anacrónicas fuera de la modernidad, pues tanto la noción de «homosexualidad» como la de «heterosexualidad» son conceptos que aparecen al interior del discurso médico-científico durante la segunda mitad del siglo XIX, valorando a la primera como una condición “patológica” y asumiendo a la segunda como un referente “saludable”; esta definición se mantuvo hasta 1990, año en que la Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad de su clasificación de enfermedades y transtornos; actualmente las asociaciones psiquiátricas avaladas internacionalmente han abandonado los tratamientos que pretendían “curar” o revertir la condición homosexual, pues ya no se le considera un problema para el desarrollo pleno y saludable de los individuos.

En contraparte, en el ámbito jurídico, la integración de las poblaciones no heterosexuales sigue siendo desigual y complicada, en algunos países —principalmente de África y el Medio Oriente (donde la legislación sigue permeda por la religión y las tradiciones)― la homosexualidad sigue siendo considerada un delito altamente penado, sin embargo, el mundo occidental ha ido integrando paulatinamente a estas poblaciones, al grado de que en la mayoría de los países avanzados se les reconocen ya los mismos derechos y oportunidades que a las personas heterosexuales, siendo esta condición más o menos desigual, pues en muchas de las ocasiones esta equidad jurídica se ha encontrado con la renuencia de sectores sociales conservadores que han insistido en el mantenimiento de la norma heterosexual.

La heterosexualidad como sabemos, es la orientación más difundida y privilegiada del mundo moderno occidental, por lo que la mayoría de las instituciones que hoy conocemos se fundan en su modelo de relación y de familia, hecho que no sólo excluye a los sectores de la población que no comparten esta orientación, sino que además amplía del marco de tolerancia hacía ciertas prácticas perniciosas de las orientaciones heterosexuales:

En algunos casos, los encuentros heterosexuales pueden ser desagradables, forzados, destructivos o mercenarios. Pero mientras no violen otras reglas, las relaciones heterosexuales se les concede la plenitud de la experiencia humana. En cambio, toda la sexualidad ubicada en la territorialidad de lo malo es considerada como repulsiva y carente de cualquier matiz emocional. [...] La finalidad de situar un punto que marca los límites de los permitido es situar al otro en el terreno de los desconocido y amenazador. De esta forma, las identidades diferentes significarán un peligro al orden establecido. (Fonseca Hernández, 2006:23-24)

Las sexualidades disidentes, es decir, aquellas manifestaciones que no entran dentro de la normatividad heterosexual, no sólo son marginadas, sino en algunos casos sancionadas, excluidas de la plenitud humana; en contraparte, las prácticas heterosexuales encuentran amplía permisividad, aun cuando puedan caer en algunas ocasiones dentro de prácticas y/o conductas violentas.

La dimensión androcéntrica que ya antes hemos esbozado juega un papel fundamental en ese sentido, pues la violencia de género es algo que se extrapola y manifiesta en distintos niveles; la condición privilegiada de los varones en la sociedad es parte de un sistema de valores que segrega a las mujeres, asignándoles roles predefinidos según su género, impidiendoles en muchas de las ocasiones, realizar con plenitud su potencial y capacidades. Se asumen entonces que las mujeres son portadoras de cierta naturaleza innata que les limita para ejercer cietas funciones dentro de la sociedad, entre ellas las de la política —recordemos que en México las mujeres pudieron ejercer el voto hasta 1953―; se les carga así, con un estigma que refuerza ideas preconcebidas sobre su condición de género, atribuyéndoles un grado menor de racionalidad y de capacidades físicas. Lo cierto es que esta ideología no es sino una distorsión que la sociedad andrócentrica y patriarcal se ha encargado de reproducir. Afortunadamente en las últimas décadas, los movimientos de reivindicación feminista han marcado la pauta para trabajar en la construcción de una equidad de género, en el que se le reconozca a hombres y mujeres iguales derechos y capacidades. En materia jurídica los avances han sido notables, al grado de que hoy existe una Ley General de Acceso de las Mujes a una Vida Libre de Violencia, sin embargo, en lo concreto, la sociedad mexicana sigue manteniendo muchos de sus esquemas históricos vinculados al machismo. Algunos autores como la tijuanense Sayak Valencia, consideran que:

Las construcciones de género en el contexto mexicano están íntimamente relacionadas con la construcción del Estado. Por ello, ante la coyuntura contextual del México actual y su desmoronamiento estatal, es necesario visibilizar las conexiones entre el Estado y la clase criminal, en tanto que ambos detentan el mantenimiento de una masculinidad violenta emparentada a la construcción de lo nacional. Lo cual tiene implicaciones políticas, económicas y sociales que están cobrando en la actualidad un alto número de vidas humanas dada la lógica masculinista del desafío y de la lucha por el poder y que, de mantenerse legitimará a la clase criminal como sujeto de pleno derecho en la ejecución de la violencia como una de las principales consignas bajo las demandas de la masculinidad hegemónica y el machismo nacional. (Valencia, 2010:39-40)

Observamos entonces, que la violencia de género instituida por la lógica androcéntrica configura incluso estructuras de violencia más amplías, incluyendo aquella que se tiende entre el Estado y su contraparte criminal, situación que no ha hecho sino exponer a la ciudadanía a una alta condición de vulnerabilidad. Es importante observar como se reproduce y materializa esta ideología masculinista a muy distintos niveles de la realidad social, puesto que eso nos permite transitar desde el análisis focalizado de la violencia doméstica hacía escalas de mayor proporción y viceversa; porque es justo ese menosprecio por la condición de género de las mujeres —y de los valores que le son atribuidos― lo que nos permitirá explicar otro tipo de fenómenos vinculados a la violencia de género y la discriminación, como puede serlo quizá, la homofobia. Al respecto, el antropólogo Guillermo Núñez Noriega, quien ha hecho importantes aportes en el campo de los estudios de género en México, específicamente en lo que respecta al estudio de las masculinidades, considera que:

En México la homofobia no es algo que estructura solamente las subjetividades homosexuales, sino de las subjetividades de todos los nacidos con genitales machos y las dinámicas de la identidad masculina, pues todos los varones somos objetos de violencia homofóbica como parte de nuestro proceso de masculinización. (Núñez Noriega, 2006:49)

El análisis que nos ofrece este autor, nos habla de la importancia que tiene la homofobia en la configuración identitaria de los hombres —independientemente de la orientación sexual que éstos asuman―, pues a la mayoría de los hombres se nos educa en un desprecio y aversión por aquello que difiere de la masculinidad hegemónica y dominante, así, tanto el menosprecio por las mujeres, como la segregación de aquellos varones “no masculinos” o no heterosexuales, constituye en gran medida la pedagogía en la que se nos instruye a los varones en función del sistema sexo-genéro que ya antes hemos mencionado. Así, tanto la misoginia como la homofobia, son dos caras de una misma moneda masculinista, a la que quizá podríamos agregarle también, la transfobia. Como todo esquema teórico, esta caracterización de la masculinidad hegemónica es un prototipo ideal que en la vida real pocas veces se materializa en su totalidad, así, es que resulta posible encontrar una serie de matices y variaciones a este perfíl del “macho mexicano”. Lo cierto es que la homofobia y la misoginia se manifiestan en muy distintas proporciones, además de encontrarse en condiciones y contextos bastante dispares, por lo que cada individuo las asume y reproduce en función de sus circunstancias particulares, así:

La expresión de género (las maneras, las actutudes y gestos) tiene una gran relevancia en la vivencia diferenciada de la memoria. Esas experiencias homofóbicas configuran, a su vez, diferentes subjetividades, trayectorias y posiciones en el campo sexual. Por añadidura, otros aspectos como la edad, la clase, el estatus matrimonial y las preferencias sexuales (incluyendo la amplia gama de bisexualidades) también contribuyen a la diversidad de significados y formas de vivir la homofobia y las relaciones homoeróticas. (Núñez Noriega, 2006:49)

La nota que arriba transcribimos nos expone la diversidad de significados y configuraciones que la homofobia —y quizá también la misoginia― puede adquirir en la consitución de la identidad y el deseo de las personas, siendo el lenguaje —con sus silencios, acentos y juegos― el vehículo principal en el que se manifiesta. Ya antes habíamos advertido que la homofobia —es decir, la manifestación explícita de un desprecio o aversión por las personas homosexuales― funciona, al menos en el caso de los varones, como un referente fundamental en el proceso de masculinización, pues este “volverse hombre” opera en función de la exclusión de aquellos sujetos que cuestionan la definición misma del “ser hombre” en su acepción hegemónica y dominante, así como el marco cultural en el que su identidad masculina adquiere sentido.

Antes de proseguir, conviene precisar la diferencia entre «prácticas sexuales» e «identidades sexuales», puesto que las conductas afectivas y eróticas de los individuos no acarrean necesariamente la adquisición de una identidad en específico; es decir, no todas las personas con prácticas homoeróticas se afirman a si mismos como homosexuales —ni como gays ni como lesbianas―, pensemos por ejemplo en aquellas personas bisexuales que transitan de una orientación a otra en condiciones específicas sin definirse de tal o cual manera, sin asumir una etiqueta. En cambio, la identidad sexual sí implica un autorreconocimiento del individio, es la manera en que los sujetos deciden asumir públicamente (aunque no necesariamente) su identidad en referencia a sus preferencias e inclinaciones, un ejemplo de ello son las personas gays y lesbianas, quienes han adoptado esas categorías para no decirse así mismos homosexuales —recordemos que la palabra “homosexual” surgió originalmente para designar una condición patológica, incorrecta, anormal―, por lo que afirmarse gay o lesbiana ha sido una manera de autoreconocerse sin asumir la carga despectiva que la nominación heterosexual androcéntrica ha hecho de ellos. Entonces, la identidad gay y lesbiana son categorías que también tienen una historia y que refieren a una manera muy particular de asumir la condición homosexual, pues:

Antes de esa fecha [la segunda mitad de la década de los setenta y principios de los ochenta] la palabra gay no habría sido utilizada en México. Quienes solían tener prácticas homosexuales recurrían a términos como “entendido” o “de ambiente”, que no siempre implicaban una transformación del orden establecido. Con el advenimiento del nuevo nombre y la identidad, los gays, como miembros de un grupo específico, pudieron luchas por eliminar “prejuicios” propios y ajenos, así crearse nuevos espacios para su desarrollo (por ejemplo, organizaciones civiles, publicaciones, bares, entre otros); permitía construir una identidad legítima y rechazar el estigma, posibilitando una mayor visibilidad que fortaleciera la capacidad de establecer reivindicaciones sociales y personales e intentar transformar el entorno social. (Parrini & Hernández. 2012:84-85)

Esa manera que autorreconocerse y de asumirse públicamente como sujetos con una sexualidad particular, frente a un entorno que de entrada le es hostil a sus prácticas y preferencias, es lo que ha llevado al movimiento Lésbico-Gay —y que después sería también: Bisexual, Travesti, Transgénero, Transexual e Intersexual― a pugnar por el reconocimiento de sus derechos en la esfera pública. La incursión de este sector en el ámbito político ha sido de tal peso, que hoy en día, tanto en Coauhila como en la Ciudad de México, el ámbito legislativo ha accedido a modificar el Código Civil para amplíar su definición de matrimonio, otorgando así la posibilidad de acceder a este contrato a las personas del mismo sexo; además de permitir ya, al menos en el Distrito Federal, la reasignación de nombre y género en la documentación oficial de las personas Trans. ¿Pero quiénes son las personas “trans”? Son aquellas que han decidido vivir en un rol de género diferente al que les fue asignado en el momento de nacimiento, aquellas quienes han optado por someter su cuerpo a una transformación (parcial o completa) para identificarse mejor físicamente con la identidad que han asumido para sobrellevar su vida. Ahora, ¿no es acaso su condición la que cuestiona de manera más radical el sistema hegemónico de sexo y género? ¿no es su elección de vida el claro ejemplo de que no se nace hombre o mujer, sino que ambos son categorías que se construyen en el día a día? ¿qué pasa también con las personas intersexuales, aquellas que desde el nacimiento no encajan biólogicamente con nuestras categorías de hombre y mujer? ¿es correcto que se mutilen sus cuerpos, que se les someta a un tratamiento hormonal (aun sin tener conciencia de ello) para hacerlos cuadrar en nuestro estricto marco social dónde sólo existen hombres y mujeres y cualquiér otra posibilidad queda cancelada? Creo que yo mismo no podría responder a estas interrogantes, lo que sí conozco es aquella doctrina que he adopatado como ética de vida, afirmando que: “Toda forma de discriminación o desigualdad de oportunidades por razones de sexo, edad, capacidad física, etnia, religión, convicción, condición económica o cualquier otra, debe ser rechazada corregida y en su caso sancionada.” (PAN. 2002:80)

El colectivo LGBTTTI —al que pude acercarme más durante el tiempo en que se desarrolló mi campaña para la delegación Cuauhtemoc― es un grupo por demás heterogéneo, al que hoy en día el ámbito político no debe ni puede ignorar. Además, su peso e influencia se han dejado notar en los últimos años. Una consideración al respecto, que puede llamar la atención de los actores politicos, es que en el sondeo llevado a cabo durante la Marcha del Orgullo y la Diversidad Sexual del año 2008, cerca de un 15% de los encuestados refirió simpatizar con el PAN, duplicando de hecho la cifra obtenida por el PRI, y muy cercana a la del PRD. (AA.VV, 2012) Aunque es posible que esta cifra haya dismunuido en años recientes debido a la ausencia de una polìtica social incluyente por parte del PAN. Ahora ¿qué política o qué perspectiva ha gestionado Acción Nacional para atender las demandas y necesidades de este sector? ¿cuál es la política de género que se ha adoptado al interior del partido? Al menos hace una década esta era la perspectiva:

La equidad de género significa que mujeres y hombres deben desarrollarse plena, libre y responsablemente. La discriminación existente contra la mujer en la familia, el trabajo, la política y en las demás esferas sociales es inaceptable. Los hombres y mujeres deben reconocer mutuamente su valor propio, y responsabilizarse uno del otro, compartiendo las tareas que les corresponden dentro y fuera de la familia, sobre la base de igualdad de derechos y de obligaciones. (PAN. 2002:80)

Definición válida hoy más que nunca, pero que quizá se tendría que ampliar para hacerla más coincidente con los tiempos presentes y venideros; como bien lo hemos comentado, los avances en materia jurídica que hoy protegen a las mujeres son sumamente importantes, sin embargo, en los hechos la segregación y la violencia continuan vigentes. El machismo y la misoginia son parte de un mismo sistema, que alberga también en su núcleo interno a la homofobia y la transfobia, todas maneras de exclusión, opresión y violencia que no hacen sino ignorar los derechos más fundamentales de las personas; porque más allá de sus identidades o de sus prácticas, todos tenemos los mismos derechos por nuestra simple condición humana. Entonces ¿la cuestión del género ―y la equidad a la que aspiramos― se limitan únicamente a la relación entre “hombres” y “mujeres”, a sus relaciones e instituciones? ¿o debe acaso, amplíar sus categorías? ¿cómo incluir en nuestra definición definición política a esta heterogénea gama de diversidades sexuales reconociendo a su vez las diferencias y particularidades? ¿cómo generar un marco ético común, en el que todos nos respetemos y tengamos los mismos derechos?

Los argumentos e interrogantes anteriores implican un razonamiento que dista mucho de ser evidente, quizá porque toda la vida nos han enseñado que los hombres y mujeres ”normales” nacimos así, naturalmente heterosexuales, con características propias de nuestro sexo, si somos varones no gustarán entonces los deportes rudos, si somos mujeres nos gustarán las actividades delicadas y sensibles; pero todo esto no es más que una construcción social donde los medios de comunicación juega también un papel fundamental:

En el caso que nos ocupa ―el género y el transgénero―, pensemos entonces que los medios han reforzado los esquemas convencionales y han impuesto una sanción social a quienes se atreven a romper esos esquemas. Hablamos del rígido esquema, presente en nuestra cultura fuertemente influenciada por la tradición judeocristiana, que establece una correspondencia directa y categórica entre el sexo biológico y el género. Si la persona nace con una genitalidad que la identifica con el sexo masculino, ha de expresarse, necesariamente, en el género masculino, y viceversa. Quien rompe esta regla es castigado de manera lapidaria por la sociedad, azuzada, principalmente por los medios de comunicación que tiran la primera piedra y exhortan a su audiencia para que arroje las demás. (Jiménez, 2006:184)

Vale la pena detenerse a reflexionar sobre esta lógica inquisitoria en la que somos —en mayor o menor medida― partícipes y cómplices; es de sabios detenerse a ejercer un momento de auto-crítica. Porque ¿con qué fundamento ético y moral hemos de descalificar a quienes no comparten nuestros gustos y preferencias? ¿no es acaso nuestra discriminación cotidiana muestra de una profunda ignorancia, de nuestro miedo e incomprensión? ¿quiénes somos nosotros para negarle derechos a los demás?

Los tiempos que corren exigen de nosotros un mayor compromiso con los derechos humanos, y en el tema que aquí tocamos, eso implica reconocer la pluralidad de expresiones que puede alcanzar la sexualidad humana. Sepamos también, que reconocer la diversidad no implica estigmatizar ni clasificar con etiquetas, pues cualquier gusto, práctica o identidad resulta válida cuando hay un acuerdo, cuando su ejercicio no implica ningún tipo de coerción o violencia. La diversidad sexual es algo que tampoco es exclusivo de las poblaciones LGBTTTI, la diversidad sexual designa lo heterogéneo de nuestros gustos y preferencias, la amplía gama de matices que incluye también a los heterosexuales, pues acaso ¿somos todos iguales? Al final, lo importante en materia de sexualidad, más allá del juicio, la vigilancia y la regulación es el tema de la salud; y para establecer políticas adecuadas de salud pública que no estigmaticen, tenemos que desprendernos de nuestros dogmas y prejuicios, y esto es algo que hemos venido observando con el transcurrir de los últimos años: “Sorprende saber, por otro lado, que en menos de una década —y a raíz de la aparición del VIH-SIDA― los mexicanos y mexicanas empezamos a llamar al condón por su nombre y, sobre todo, empezamos a usarlo regularmente, en parte gracias a la difusión que en este sentido hicieron los medios de comunicación”. (Jiménez, 2006:186)

Al final, el interés con el que he intentado esbozar la cuestión del género y la diversidad sexual, no ha sido otro que el de enfocar la problemática desde el marco de los derechos humanos, rastreando aquellos síntomas donde se observa más claramente la exclusión y la violencia contra las minorías sexuales; el tema es bastante amplío, pero por los elementos aquí expuestos, resulta claro que el problema es sumamanete complejo y que se desenvuelve a muy distintos niveles; así, hemos ubicado la misogínia, la homofobia, e incluso la transfobia como parte de un mismo sistema, donde la condición androcéntrica (machista) de la cultura se deja entrever. La erradicación de la violencia de género y la inclusión de las minorías nos parecen temas convergentes, que deben asumirse desde políticas públicas que no estigmaticen y que consideren simultáneamente una perspectiva de salud sexual libre de prejuicios. La discusión queda abierta al diálogo.

Referencias bibliográficas:

AA.VV. (2012) Política, derechos, violencia y sexualidad. Encuesta Marcha del Orgullo y la Diversidad Sexual. Ciudad de México 2008. CLAM / IMS / Letra S, México.

Fonseca Hernández, Carlos. (2006) “Reflexiones sobre masculinidad y sexualidades periféricas en la teoría del género.” en: Fonseca, Carlos & Quintero, María Luisa. (coordinadores) El género y sus ámbitos de expresión en los cultural, económico y ambiental. Cámara de Diputados, LIX Legislatura. / Ed. Miguel Ángel Porrúa, México.

Jiménez, Silvia. (2006) “Los medios de comunicación en el reforzamiento de los esquemas convencionales del género y su responsabilidad social para impulsar transformaciones incluyentes.”en: Disidencia sexual e identidades sexuales y genéricas. CONAPRED. México, 2006.

Núñez Noriega, Guillermo. (2006) “La heterogeneidad de la experiencia homoerótica: más allá de la subjetividad homosexual.” en: Disidencia sexual e identidades sexuales y genéricas. CONAPRED. México, 2006.

Partido Acción Nacional. (2002) “Proyección de principios de doctrina.” en: Doctrina Panista. Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C. México, 2012.

Parrini, Rodrigo & Hernández, Antonio. (2012) La formación de un campo de estudios del arte sobre sexualidad en México. (1996-2008). CLAM/IMS/Letra S, México.

Valencia, Sayak. (2012) Capitalismo Gore. Ed. Melusina, Madrid,

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