4 DE MARZO DE 2004
Manuel Marinero, un cura de la comunidad lésbico-gay
“Aquí sí hay apertura, aquí no hay ninguna vergüenza”, exclamó el sacerdote Manuel Marinero a los excluidos de la Iglesia, a los marcados por sus preferencias sexuales, a los señalados por sus imágenes, a los seres humanos que están buscando a Dios.

Redacción Anodis

Ragap



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(apro) Oaxaca, Oax.- Es mediodía. El repique de las campanas del templo de San Francisco anuncia el inicio de la misa dominical. A unos metros, casi de manera clandestina, en un salón de baile, daba comienzo una celebración de acción de gracias para la comunidad lésbico-gay.

El padre Manuel Marinero, suspendido de sus ministerios religiosos en julio de 1997, inició el ritual religioso con un mensaje lapidario. “Yo también soy un excluido de la Iglesia, y así me pueden decir, que soy un cabrón, un hijo de la chingada; yo tengo un espacio con Dios como lo tienen los homosexuales y las lesbianas, porque antes que nada somos personas”.

En un improvisado altar --ante un Cristo iluminado con 14 velas colocadas en dos candelabros y aromatizado con cuatro festones de flores--, el padre Marinero pidió a los 35 asistentes, entre ellos parejas de homosexuales y de lesbianas, así como de la comunidad heterosexual, que se sientan dignos porque “yo los veo limpios”. Y “no me importa quiénes hayan sido, lo importante es que están acá y que yo los veo limpios, porque todo ser humano tiene un espacio, sea quien sea, por lo tanto siéntanse dignos con la comunión”.

El que fuera párroco de San Bartolo Coyotepec, con una sotana blanca desgastada y una estola blanca con bordados amarillos, y calzado de huaraches, continuó la misa con una lectura especial: la carta de San Pablo a los romanos, capítulo V, “Ahora estamos en paz con Dios”.

El clérigo, de complexión delgada, tez morena, cabello largo y barca entrecana, con ronca voz les insistió en que “todos somos amados de Dios”, y refirió los “cuatro pasos” para saber lo que es sentirse amado: el amor, la gratitud, la palabra de Dios y el servicio.

Ya, en su homilía, el padre Marinero les pidió a los homosexuales y a las lesbianas que se sientan dignos a la comunión, porque “solamente Dios sabe por qué son así y, si somos marcados, tenemos con quién compartir nuestra vida, con Dios”, entonces, “no me debe importar quién me quiere, me importa que soy amado”

Llegó el momento de darse la paz, y los asistentes lo hicieron con besos en la mejilla y cálidos abrazos.

Ya para terminar, el padre Marinero explica el porqué se rebeló contra la institución: es que “yo no nací para copiar, sino para dar lo mío, contribuir con mi parte”.

Les pidió aceptar a Dios en sus designios y en sus ministerios, y eso significa “aceptar mi mundo, mi bolsa, mi cuerpo y mi salud, para que cuando llegue el dolor, aprendamos a vivir con dignidad el dolor humano que nos toca”. Se refería a las personas que padecen el sida “y, aún así, la vida vale la pena”.

Una vez que se desprendió de su vestimenta sacerdotal, confió que “cuando una gente me busca o busca un espacio para proclamar su fe, la fe en su Dios, como ministro religioso tengo el deber de respetar, acompañar, bendecir ese espacio”.

A este sacerdote no le espanta nada, y es que al ser cuestionado sobre la ‘píldora del segundo día’ y la legalización de las uniones de homosexuales, no se inmuta al afirmar que son válidas “desde el momento que dos personas quieren hacer su vida juntas, para ayudarse a vivir”.

Y aclaró: “No solamente la cama une, hay matrimonios que están juntos y no se unen por la cuestión sexual; están para ayudarse, entonces, el contacto máximo de la pareja no es el sexo, es el amor, es la mutua ayuda”.

En cuanto a la ley de sociedades de convivencia opinó que aunque no entiende mucho del marco legal, “la unión la hace uno, porque las leyes sirven cuando quieren y, cuando no quieren, no sirven para nada, se las brinca todo mundo, hay dinero y brinca el perro; yo mejor apuesto a la vida”.

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