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29 DE SEPTIEMBRE DE 2008 Sáficas Djuna Barnes, los ojos de la noche Apareció entonces, por primera vez ante mis ojos, la extraordinaria poeta a la que T. S. Elliot halagaría su “estilo excelente, con frases bellas, ingenio brillante y un sentido del horror y la fatalidad digno de la tragedia isabelina”.
Una noche de 1996, caminando por el este de Manhattan, una amiga con la que paseaba señaló una casa y me dijo: “Ahí vivió Djuna Barnes”.
Apareció entonces, por primera vez ante mis ojos, la extraordinaria poeta a la que T. S. Elliot halagaría su “estilo excelente, con frases bellas, ingenio brillante y un sentido del horror y la fatalidad digno de la tragedia isabelina”.
Nació en Nueva York en junio de 1892. Formó parte de la bohemia del Greenwich Village neoyorkino, pero fue en el París vanguardista de entreguerras donde vivió con intensidad el esplendor de su carrera. Su obra máxima es la novela El bosque de la noche (1936).
Murió en Nueva York en 1982. Los poemas que a continuación comparto son tomados de la Poesía reunida 1911-1982 que publicó Igitur en España, en 2004.
ELLA PASÓ POR AQUÍ Aquí donde los árboles aún tiemblan por tu huida Estoy yo y trenzo finos látigos para castigarte. ¿Cómo podremos encontrarte, a ti que te has ido Toda vestiditos, ceceando por la ciudad?
Grandes hombres a caballo te cazan, y fuertes jóvenes Usan sus flechas en el leve aire. Pero a mí me escucharán silbando a donde voy Trenzando largos mechones de hierba y de pelo semental.
Y en la noche cuando treinta halcones se eleven En ritmo pendiente, y el borde del camino en ruidos; Cuando ellos quemen campo y mata y seto, Yo te robaré como un penique entre la multitud.
A UNA DE OTRO HUMOR
¿Oh amada querida, debería dejar de mirarte, siempre con ojos húmedos, y quejumbrosos besos de estos labios donde yace más miel que en tus aloes? ¿Debería romper aun más oscuras hierbas, y suspirando no perder de vista Con fingida lamentación y gritos temerosos, Rodeándote lentamente con blasfemias Porque estaría bailando? No, me falta La necesaria torpe salmodia de la desesperación. No resuena en mí tu sombrío humor, Ni está en mi corazón: ni en ningún lugar Dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste. ¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo Ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?
ANTIGÜEDAD
Una dama en una capucha de tela ligera Con rectas lengüetas fijas y ojos mudos, Y bellos labios finos y hábilmente dibujados y extrañamente sabios.
Un camafeo, una gola de encaje, Un cuello cuadrado con los ángulos bien puestos; Una fina nariz griega y junto al rostro una lustrada trenza.
Bajas, curvas hacia los lados, teñidas de ámbar Las pálidas orejas atrapadas en su trampa. Y un perfil como una daga yaciendo entre el pelo.
QUISIERA QUE PENSASES EN MÍ
Como una que, recostada contra el muro, una vez arrancó Gruesas flores, y escuchó el zumbido De pesadas abejas lentas rondando la húmeda ciruela, Y escuchó a través de los campos el paciente arrullo De pájaros inquietos desconcertados con el rocío.
Como una cuyos pensamientos eran locos en el doloroso mayo, Con ojos melancólicos vueltos hacia su amada Y hacia la inquieta tierra por la que se extendió El frío centeno y los nuevos espinos que echaban ramas– Con un flaco sabueso andante, por sola compañía.
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