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11 DE SEPTIEMBRE DE 2008
Origen de la topografía de lo torcido (queer) en la cultura de masas
Jean Genet si bien inspiró a centenares de homosexuales para iniciar la lucha por la visibilidad también ha inspirado a un enorme número de artistas y outsiders que ven en su obra a una inspiradora y atemorizante ave de presa.

Cuitláhuac Moreno Romero

Jean Genet es uno de esos pocos autores que han sido importantes lo mismo para cimentar tanto la construcción de la gaydad y los derechos civiles de los homosexuales, como aquellas otras formas alternativas de vida homosexual que muchas veces se han pensado como su contraparte, es decir, las prácticas torcidas, propias de lo anómalo y lo perverso.

Digo esto para traer a colación una discusión que no ha hecho mucho eco en la crítica de la cultura contemporánea y que, justamente, sorprende por su ausencia.

Me sirvo de Genet y de su obra, para incluir una breve reflexión sobre el lugar que han ocupado las formas de vida homosexuales alternativas frente a las imperantes y socialmente aceptadas.

Partiré de la tesis de que es en la novela Querelle de Brest, del escritor francés Jean Genet, donde se ha construido buena parte de la iconografía masiva de lo torcido, anómalo, ruin o vil de la homosexualidad, en una palabra, de lo queer, en la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX.

Creo sinceramente que Querelle de Brest es la obra paradigmática en la conformación de estos tropos psíquicos de lo torcido dentro de la homosexualidad, porque efectivamente tal ha sido su recepción, incluso ahí donde la novela ha sido utilizada para inspirar y vender ilustraciones pornográficas que no tenían otro motivo, además de la explotación mercantil, que la de conformar una nueva poética homoerótica labrada sobre las bases de la novela gráfica popular y que han dejado huella en la autopercepción de los homosexuales como seres culturalmente sexualizados, es decir, cuya sexualidad se despierta y genera su identidad desde arquetipos que se identifican por el tipo de oficio que ejercen.

Esto lo señalo, también, a raíz de la popularización de los arquetipos recreados por Genet en Querelle de Brest, y que tienen un evidente eco en los reconocidos dibujos de escenas pornográficas entre policías en trajes de cuero negro con marineros, y obreros de constructoras.

Me refiero evidentemente a los ya clásicos dibujos porno de Tom of Finland, aunque también a las ilustraciones eróticas que hizo Jean Cocteau para una de las primeras ediciones de la novela.

Oficios y ocupaciones que por cierto, pueden, o se supone que podían dentro del imaginario de ese entonces, mantener las prácticas torcidas por el lugar que tienen en la escala social y sobre todo por su plena exposición a vivencias extremas en la medida en que se ganan la vida en lugares donde la perversión, la indecencia y la inmoralidad, son muchas veces moneda corriente.

Sobre todo pensando en los policías, los marineros, los borrachos y prostitutas de los muelles que retrata Genet en la novela, ya que estos son presentados como gente que tiene hábitos de cuerpo y de espíritu igual de miserables, pero que, en un cambio en el modo de padecer esta miseria, logran configurar una especie de orgullo por esta vivencia al margen de los estándares de la buena vida. Lo torcido le da la vuelta a la miseria existencial y se regodea de ello.

Para ahondar más, si recordamos el argumento esencial de Querelle…, todo se basa en la vida de un marinero homosexual que no se define a sí mismo como marica, pero que es un ávido frecuentador de arrabales y prostíbulos con la clara intención de encontrar quién pueda cogerselo.

La trama se desenvuelve a raíz de los conflictos que se generan una vez que Querelle comete un asesinato más por el puro deseo latente de matar y poseer la vida del otro a través de este acto, que por el beneficio que esa muerte pudiera producir.

Lo cual no deja de recordarme palabras de Georges Bataille, donde tal ejecución sería propiamente un "erotismo de lo sagrado" en un mundo que parece profano. Donde el asesino, Querelle, a duras penas sabe de la sacralidad de su ejecución, a pesar de que lo intuye, y por esto mismo no siente culpa alguna de sus actos que a ojos de cualquiera podrían parecer ruines, siendo que en él son producto de la más pura inocencia.

Dicho de manera un poco aventurada, Querelle es un ángel exterminador de la perversión cuando ésta se muestra en su manera más cruda, hay que tomar en cuenta que en los arrabales y muelles donde se desenvuelve la trama no hay ni ápice de una verdadera alma pura, por lo que en realidad, tampoco hay víctimas reales.

De ahí que en los varios asesinatos que comete Querelle no hay propiamente depravación ni corrupción. Es simplemente un niño en el cuerpo de un hombre envuelto en un juego lúdico de muerte. Y quizá es eso lo que carácteriza toda práctica torcida, el jugar al filo del precipicio bajo el propio riesgo, jugar con la vida y con la muerte, tanto con las propias como con las ajenas.

No quisiera dejar pasar que la visión de Genet, de Querelle como el ángel exterminador de hombres, el querubín asesino en celo, no se quedó solamente en la voz hermética de su prosa acompasada en imágenes mezcla de lo divino y lo profano.

Una transcripción de su obra fue llevada espléndidamente al plano cinematográfico por el director alemán Reiner Werner Fassbinder, ese otro entretejedor de la poética visual de la homosexualidad en la cultura popular del siglo XX.

El filme además de contar con una poética del espacio bastante apegada al teatro, tuvo la participación de Fanco Nero y Brad Davis, aunque cabe decir que quien destaca es la ya entrada en años Jeanne Moreau en su papel de atormentada madrota de burdel, enamorada trágicamente de un par de hermanos con una relación conflictiva en la que no se distinguen los límites del odio y el deseo.

De este filme, inspirado por Genet, realizado por Fassbinder, cuyo afiche fue diseñado tiempo después por Andy Warhol, y con una incorporación de una magnífica interpretación, adaptada al burlesque francés, de Jeanne Moreau de la canción de Oscar Wilde The ballad of the reading gaol(Each man kills the thing he loves), sobra decir que es una piedra de toque en lo que refiere a cine homosexual contemporáneo; pues realiza, inspira y fragua lo que vendrá a ser la poética visual de toda una de-generación de artistas que han vivido al margen de los límites de lo permitido y fomentado por una sociedad que teme perder el control de sí misma y que ejecuta, vez tras vez, imposiciones ideológicas para mantener a los individuos atados a un sistema a través de la suministración de bienes y comodidades que mantienen la clama y evitan, precisamente, el lado tormentoso de la existencia.

Por esto, dicho un tanto al margen, quiero hacer énfasis en que la obra de Genet no es gay, es torcida (queer), anómala y perversa.

Había dicho al principio de este escrito que me servía de la obra de Genet para mostrar un poco en qué medida buena parte de la constelación de estereotipos de lo queer, lo anómalo, lo vil y arrabalero de la cultura de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI se gestan o se popularizan a través de Querelle de Brest.

La obra es un auténtico himno a la vida en los límites, aquellos que jamás lograrán ser apropiados por las dinámicas burguesas de la homocracia y la gaydad. Por eso, a pesar de que la novela ha sido una obra emblemática de la visibilidad de la vida homosexual en la cultura occidental, no es propiamente una obra gay, sino torcida y retorcida(queer).

No puede haber gays auténticos antes de Stonewall: la gaydad, la vida alegre del homosexual es prácticamente una vivencia nueva, que no lleva más de unas cuantas décadas, pues ha sido el producto de la incorporación de la homosexualidad al estilo de vida imperante en la heterosexualidad, y en este sentido, los gays son producto de la era en que el estilo de vida homosexual se unifica y se somete a estándares socialmente aceptados del american way of life, es decir, esas prácticas que en su esencia pequeño-burguesa son socialmente aceptables:

Tener pareja monógama, trabajos estables y bien remunerados, aspiraciones comunes y corrientes, un cuerpo sano en una mente sana, la felicidad en la familia, y claro, no podría faltar, el derecho a la diversión nocturna, el derecho al antro, la diversión limitada a espacios destinados a ello y que tienen su sustento en la explotación económica.

Esto es la gaydad, por ello recalco que es parte de la homocracia, al grado que difícilmente puede ser replanteada o vivida como una verdadera decadencia y marginalidad.

Siempre que un gay ejecuta una práctica torcida(queer) no puede evitar cargar sobre sí el estigma propio de su mentalidad pequeñoburguesa: la culpa.

Recordemos "no hay teoría queer, solamente hay prácticas torcidas"(Franka Polari). La culpa no es una práctica torcida, sino el lado oscuro de lo alegre, el lado triste de lo gay. La prática torcida se vive con cinismo y arrogancia: la práctica torcida dice un "que no importe"; cuando la gay sugiere un ¿"y qué dirán de mí? (dirán que eres gay, lo tendré que asumir: no te apures rey)".

Por esto también creo que, a pesar de haber sido asimilados por cierta iconografía pop y la cultura de masas, ninguno de los hombres que se han colado en esta breve reflexión sobre Genet,(Wilde, Fassbinder, Warhol, Tom of Finland, Jean Cocteau, Jeanne Moreau) y evidentemente él tampoco, caben pensarse como gays, sino, en todo caso, a pesar de lo problemático de insertarlos a todos en una sola etiqueta, quizá únicamente vendrían a caber juntos a bien dentro de ese concepto de lo torcido, de lo queer que tanto ruido causa y tan pocas veces se piensa a profundidad.

Insisto en esto porque me parece que las prácticas existenciales de Genet han podido configurar a través de la objetivación de sus vivencias en su obra literaria, una poética existencial que ha permeado la vida de esa otra homosexualidad que no se ha atenido a las experiencias ordinarias de lo homosexual. Y que difícilmente podrá ser asimilada del todo por la homocracia.

Si bien sabemos que en la relación dialéctica homocracia-queer queer-homocracia, ésta última alimenta su avidez de novedades de los productos y prácticas producidos por la vanguardia y osadía de lo queer, también hay que decir que lo torcido es dinámico, se sigue torciendo hacia arriba y hacia abajo, se hunde y se levanta, y por ello mismo no podrá ser del todo absorbida por la gaydad imperante, esa que busca la vivencia de lo divertido pero controlable, esa que no hace la experiencia de los límites, ni de la oscuridad y el vértigo del precipicio.

Quisiera terminar ya con una pequeña nota de agradecimiento público para con la obra de Genet. Que si bien inspiró a centenares de homosexuales para iniciar la lucha por la visibilidad y los derechos civiles de los gays, los homócratas; también ha inspirado a un enorme número de artistas y outsiders que ven en su obra no simplemente a un genio o ícono homosexual, sino a una inspiradora y atemorizante ave de presa (como diría Nietzsche) que invita al descenso, un ave rapaz, carroñera, que hace su nido sobre abismos precisamente porque puede sobrevolarlos.

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Genet escribió la novela Querelle de Brest.

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