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12 DE JUNIO DE 2008 Debe el Estado poner el ejemplo contra la homofobia No pedimos caridad. No pedimos que nos acepten porque la naturaleza (o Dios o quien sea) nos hizo así. Aspiramos a una sociedad plena y democrática, en la que entre iguales nos respetemos y reconozcamos nuestra libre autodeterminación.
Muchos años han pasado, casi dos siglos, desde la invención del sujeto homosexual. Ya no el sodomita como pecador, como delincuente; en ambos casos el sodomita obra por su voluntad y no por un designio de la naturaleza.
El sujeto homosexual, con características propias que lo diferencian de los demás y que no dependen de su voluntad. Surge como un objeto para conocer, para tratar, y para curar.
Así no es extraño que las primeras reacciones de parte de estos mismos sujetos, de parte de los mismos homosexuales, hayan sido en la misma tónica (por ejemplo, Magnus Hirschfeld): el homosexual como inválido, la homosexualidad como condición humana que no se puede cambiar.
Detrás las discusiones contemporáneas sobre si la homosexualidad es una mera preferencia o es una orientación, pueden verse claramente tanto al sodomita como al homosexual de Hirschfeld.
De ambas posturas pueden darse puntos a favor y puntos en contra. Si es preferencia no pueden objetarme lo que yo decido, pero tampoco el Estado está necesariamente obligado a brindar servicios específicos.
Si es orientación el Estado está obligado a ciertas cosas pero podemos estudiar y atender a las causas y, aún más, evitarlas.
La búsqueda de una respuesta al respecto, ya sea de parte de sociólogos, psicólogos o médicos, ya sea de parte de los mismos homosexuales suele obedecer a la situación de desigualdad del lesbianismo, la bisexualidad y la homosexualidad frente a la heterosexualidad. Más aún, el mismísimo llamado “Orgullo Gay” surge por las mismas causas.
La discusión es estéril entre aquellos que peleamos por el reconocimiento y cumplimiento de derechos y de la igualdad entre todos. Se deja de lado lo fundamental: la libre autodeterminación de cada uno y el respeto que entre seres humanos nos debemos.
No pedimos caridad. No pedimos que nos acepten porque la naturaleza (o Dios o quien sea) nos hizo así. Aspiramos a una sociedad plena y democrática, en la que entre iguales nos respetemos y reconozcamos nuestra libre autodeterminación.
Por ello el Estado, sea una preferencia o una práctica, está obligado a brindar servicios a poblaciones específicas independientemente de los motivos o las razones de dichas especificidades, siempre y cuando se mantenga ese respeto y ese libre albedrío.
Los argumentos que sitúan a la homosexualidad como atentado ya contra el Estado, ya contra la Humanidad, beben de la falta de respeto y del no reconocer nuestra libre autodeterminación.
En tanto el Estado no nos reconozca a todos como iguales y con la misma capacidad de decidir, la sociedad no será ni plena ni democrática.
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