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13 de febrero de 2008

Fuera del Clóset
Los amores clandestinos gays
¿Por qué gays y lesbianas vivimos nuestras relaciones a escondidas? ¿De qué nos avergonzamos o a qué le tenemos miedo? La consigna ¡amor gay, amor lésbico! sigue siendo vista bajo la lupa de la condena religiosa y de la timoratez social.

Rafael Sánchez Zanella

Todas las historias de amores homosexuales que aparecen en filmes o en novelas en diversas épocas indefectiblemente acababan en tragedia, lo que nos hace concebir la idea de que amar a alguien de nuestro mismo sexo es tan complicado que su destino es el fracaso.

“El amor que no se atreve a decir su nombre”, como calificó Wilde a la relación entre dos hombres durante el proceso que se le siguió bajo el cargo de sodomía, hoy, siglos después, empieza a gritarlo, aunque aún no de la manera deseable.

A 40 años de que en México inició el movimiento de liberación homosexual (1968), a 30 de que se manifiesta el llamado Orgullo Gay en las calles del DF, a 39 de que en Nueva York el barrio de Greenwich Village ardiera por el enfrentamiento de gays y lesbianas con la policía debido a una redada en el bar Stonewall Inn (agosto 1969); y a un año de la primera unión de convivencia en el DF y en Coahuila, la consigna ¡Amor gay, amor lésbico! sigue siendo vista bajo la lupa de la condena religiosa y de la timoratez social, cuyo peso obliga a varias legislaturas en el país a vetar cualquier intento de copiar ese ‘código maldito’ que en la capital nacional y en el estado de Coahuila permiten uniones civiles entre parejas del mismo sexo y cuyo único argumento de oposición, es que son ‘atentados contra la familia tradicional’, que 1 de marzo tiene su gran día.

El grito ¡Amor gay, amor lésbico! aún es tímido y lamentablemente no carece de dolor, de sufrimiento ni de una vergüenza que aceptamos como verdadera gracias a las mentiras sociales y religiosas vertidas sobre el homosexualismo desde tiempos inmemoriables, pero que sin embargo, ya en varias naciones, se ha contrarrestado al lograr la legalización de las uniones de personas del mismo sexo, movimiento que a su vez es contrarrestado por la administración Bush y el Vaticano, quien condenó la hosexualidad en un documento presentado por la Congregación de la Doctrina de la Fe donde se advierte la gran inmoralidad de lo que absurdamente califica como matrimonio gay.

No podemos soslayar que el amor gay y el amor lésbico han existido siempre, no es aberrante, no es antinatural ni enfermizo, no pone en riesgo ni la vida humana ni los valores fundamentales. Todos debemos aspirar a vivirlo plenamente en forma abierta y de cara a la sociedad, la vida de pareja es el estado ideal para gays y lesbianas porque es la única forma de ser íntegros y felices, es nuestro derecho.

Comunicar al círculo íntimo de personas que nos rodean que amamos a nuestro novio o pareja, no es fácil. Es contundentemente mayor el número de relaciones que se mantienen en el anonimato y que se desarrollan en el clandestinaje a causa del temor al rechazo, al repudio, a la prohibición, la reprobación y condena de familiares y amigos, de la sociedad y religión que profesamos.

La mayor parte de las relaciones de pareja del mismo sexo se viven al margen de las familias y amigos bugas más cercanos, son amores a escondidas, como si fuera vergonzoso o delito.

Costes del amor

Raúl e Ignacio tienen 18 años y llevan ocho meses de noviazgo. Viven fuera del clóset y sus familias están al tanto de la relación y la toleran, pero siempre y cuando ninguno de ellos pise la casa del otro porque es considerado por las madres, que ni siquiera se conocen, como una falta de respeto al hogar.

Ellos no están de acuerdo y pelean constantemente con sus padres, por lo que consideran una manifestación de desconfianza e intolerancia, sin embargo, para evitar mayores conflictos, aceptan las condiciones impuestas y no se ven en sus casas.

Las madres mantienen constate vigilancia en todo lo que hacen, los cuestionamientos son constantes y piensan que es algo que se les pasará a sus vástagos, ellos se sienten asfixiados y prefieren tocar el tema lo menos posible.

Andrés tiene 25 años y Gustavo 20. Son novios y ya llevan dos años y medio de relación. Andrés está fuera del clóset y ha presentado a su pareja, la familia lo ve con buenos ojos y lo aceptan en casa, la única limitación es que no puede quedarse a dormir con Andrés en casa y éste tiene que justificar hasta el cansancio sus ausencias en algunas noches, a pesar de su edad.

Gustavo vive en el clóset en todos los sentidos, la familia supone que Andrés es su mejor amigo y acepta que ocasionalmente se quede a dormir por motivo de estudios. Mentir es para los dos lo más común, pero dicen cansarse a veces. Andrés siente que su familia tienen aún ciertas reservas a su estilo de vida pero para evitar perder lo ganado prefiere esperar hasta que su novio termine la carrera y se vayan a vivir juntos. Gustavo no dice nada porque tiene miedo a que dejen de apoyarlo en sus estudios, por eso en común acuerdo con su pareja espera el momento propicio para salir del closet e irse a vivir con él.

Saúl y Memo también tienen una relación amorosa, están juntos desde hace 2 años. Con 23 y 27 años respectivamente, los dos están dentro del clóset y dicen amarse con todo. Ante las familias son los mejores amigos del mundo y no hay oposición a que compartan la recámara en situaciones especiales.

Ambos son sumamente discretos, aunque creen que las familias tienen sospechas, pues no hay ocasión de importancia en la que no estén juntos; “hasta parecen novios”, comentó alguna vez la madre de Saúl al hacer referencia a su íntima amistad. Los dos se ríen y están consientes de que llegara el día en que confiarán a las familias su verdadera relación, pero esperan el momento de estar más afianzados en la relación y en sus profesiones para ser totalmente independientes para salir del closet y de casa para vivir juntos. Si no han comunicado que son gays se debe al temor de lastimar y defraudar a sus madres.

Ricardo y Rodrigo tienen 25 y 26 años y una relación de 3 años. Ambos están desclosetados y las familias saben de su relación amorosa, aunque prefieren que la vivan fuera de casa, si comparten la recámara no hay broncas siempre y cuando no se les haga costumbre, dicen las madres.

Las familias se conocen y han convivido ocasionalmente, sin embargo esperan que la pareja se vaya a vivir a su propia casa aunque tampoco los corren, la relación de estos chicos se da por hecho, pero no es cosa de hablarlo todos los días y a todas horas.

Sergio tiene 35 años y Oto 20. Empiezan un noviazgo sin muchas expectativas según el primero que ya está fuera del clóset y es profesionista independiente, pero no deja a la familia porque argumenta que no desea estar solo, lo hará cuando encuentre la pareja ideal.

Se enamoró de Oto pese a la diferencia en edad. Oto acaba de salir del clóset y está viviendo la etapa de shock, depende totalmente de sus padres y es sumamente controlado a raíz de su salida del armario. La madre está constantemente angustiada y atacada por todos los prejuicios del mundo, el padre simplemente ignora a su hijo y lo calificó como su vergüenza.

La relación es totalmente clandestina y llena de contrariedades y contratiempos que aburren a Sergio y mantienen a Oto con el alma en un hilo. A veces suelen pasar varias semanas sin verse pues Oto no tiene permiso de salir cuando quiera y de remate es castigado por la castrante madre si se porta mal. Oto padece el pánico de ser abandonado por Sergio, a quien llama el amor de su vida, se siente entre la espada y la pared. Ambos llevan una relación bajo presión y miedo.

Sergio dice amar a Oto y lucha entre su amor, el fastidio y el temor de hacerle daño si lo corta o presiona. Acepta su desaliento y dice que en más de una ocasión ha estado a punto de buscarse otra pareja de su misma edad y posición económica.

Jesús y Ariel, 25 y 30 años, tienen una relación totalmente abierta a sus familias y viven con una de ellas. La madre de Jesús ve en Ariel un nuevo hijo y apoya totalmente a la pareja; el padre está sacado de onda, pero respeta. Sin embargo, los padres de Ariel jamás lo han aceptado como gay y mucho menos aprueban la pecaminosa relación, para ellos su hijo está muerto, por supuesto Ariel siente tristeza aunque vive tranquilo al lado de su pareja, ya planean irse a vivir solos.

Como estas hay muchas más historias de relaciones con todo tipo de problemas a causa de que aún en nuestra sociedad las relaciones gays y lésbicas no son aprobadas. Los costos de amarse son el miedo al rechazo y al abandono familiar, la mentira constante, las presiones, los desalientos, las frustraciones y ganas de tirar la toalla o abandonar el barco, las discusiones son frecuentes, ninguna relación puede solidificarse así.

Esto lleva a muchos chicos a no enamorarse ni intentar vivir en pareja, a no comprometerse con otro chico más allá de la amistad, del ligue o del sexo ocasional, sólo se busca vivir el momento con relaciones fugaces. Quienes deseamos vivir en pareja tenemos que apostarle con todo para no morir en el intento.

¿El sufrimiento de no poder amar a plenitud sin esconderse es lo único a lo que podemos aspirar gays y lesbianas? ¿Es preferible vivir en soledad para ahorrarnos pleitos, incomprensiones y rechazos?

Dan ganas de mandar al cuerno los malditos convencionalismos heterosexistas, la homofobia, las condenas religiosas y los espantos familiares que tienen su raíz en la ignorancia. No cejar en el intento es nuestro compromiso, en la medida en que más parejas reclamen sus derechos, más visibles somos y más fuerza tendremos.

Si dos personas se aman realmente, con su amor les basta, lo demás qué importa. ¡Feliz 14 de febrero!

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